Hace tiempo, en un viaje, lo conocí a Pablo. En aquel momento él era estudiante de Filosofía. Algunos años después, ya recibido, nos volvimos a encontrar y fuimos a tomar un café.
El lugar elegido fue un sitio muy tradicional y emblemático de la ciudad, en el barrio de San Cristóbal. Era el Bar de los Hermanos Cao, ubicado en la esquina de avenida Independencia y Matheu. Este lugar fue fundado en 1915 por los hermanos con un despacho de comestibles y expendio de bebidas alcohólicas. Sobre la esquina era el almacén y por la calle lateral el bar, donde el público tomaba sus bebidas cotidianas.
Disfrutamos de un buen café sobre las antiguas mesas, acordes al original mobiliario y los pisos de baldosas dibujadas que retrotraen las imágenes de una ciudad pasada. En el lugar se aprecian los cuadros colgados en las paredes revestidas con madera y las fotos de artistas radiales y cinematográficos, además de las viejas publicidades de otras décadas. También, posadas sobre vitrinas cubiertas de polvo, viejas botellas de bebidas de marcas de tiempos pasados como: Grapa Valleviejo, Fernet Branca, Visconti, Amaro Monte Cudine, Komari, Pineral, Ferro Quina Bisleri, Hesperidina, entre otras.
Estábamos en todo esto cuando Pablo me confió un relato que le hacía su madre. Cuando él era muy jovencito tenía la costumbre de enojarse mucho y acostumbraba a proferir insultos a diestra y siniestra, por supuesto que con el correr de los años se aplacó y ahora todo aquello es solo un recuerdo.
La madre de Pablo, deseosa que él dejara esa actitud agresiva le propuso lo siguiente: en los fondos de la casa había un tirante semienterrado, que alguna vez fue un sujetador de un techo de chapas del galpón, entonces doña Ana le dijo que cada vez que Pablo profiriera algún insulto, ella clavaría un clavo en la madera del tirante.
Por supuesto que con el correr del tiempo y por algunos años mas Pablo continuó diciendo exabruptos y expresando sus disconformidades con gruesos insultos, pero finalmente tomó conciencia que con aquellas actitudes no lo conducirían a nada positivo y entonces habiendo pasado otro año y al percibir que él se había corregido en su comportamiento, doña Ana procedió a quitar los clavos que había colocado en el tirante.
Un día lo llamó a su hijo y le preguntó que veía. El le respondió que el tirante limpio y sin clavos, pero que estaban las hendiduras de los clavos.
Su madre le respondió que así sucedía con las personas. Muchas veces uno los trata mal o los insulta de palabra o hecho y luego se arrepiente y les pide perdón, y el ofendido en su buena actitud, lo perdona, pero, "las marcas siempre quedan".
Me quedé un rato pensando en aquellas palabras: "Las marcas, siempre quedan". Me hubiera gustado conocer a doña Ana.
Con Pablo apuramos el café y nos despedimos aquel día con el propósito de nuevos encuentros que por supuesto se produjeron y en otros relatos les contaré de mis conversaciones con él.