El lector se preguntará qué papel desempeña una cantante en una columna dedicada al teatro. Respuesta: todo cantante que hace de su don vocal un arte, es simultáneamente alguien que interpreta, esto es, que expresa a su modo lo que la canción dice.
Su visión personal, no sólo de una letra (también existe el vocalise, el tarareo puramente instrumental de una melodía: Rachmaninoff, Villa-Lobos) sino también de la manera en que ésta ha de ser vertida, cómo ha de sonar cada palabra, aliada a la música, y cómo se destacará cada concepto. No se diferencia del trabajo del actor, en cuanto a valorar la palabra y su intención, y hasta en el modo de respirar. Nada más grato para un afinado espectador de teatro que encontrar una armoniosa relación musical entre las distintas voces de un elenco. Algunos directores lo consiguen: recuerdo a Roberto Villanueva en un ensayo, marcando, con leves golpes de sus dedos índices en el borde de la mesa, el ritmo de los parlamentos que decían los actores.
Y bien, escribo estas líneas porque hace unos días asistí al debut de Marikena Monti en su nuevo espectáculo en La Biblioteca. No haré aquí, porque no es tarea de esta columna, una reseña crítica. Pero me ha parecido justo recordar dos cosas: que Marikena nos acompaña desde hace poco más de cuarenta años, y que es una actriz estupenda. Sabemos bien que los mejores cantantes populares hacen de cada pieza un drama o una comedia, o una tragedia, en formato breve. Desde Gardel hasta Aznavour, desde Greta Keller hasta Marlene Dietrich, Ute Lemper, Judy Garland, Susana Rinaldi o Tony Bennett -la culminación tal vez sea la sublime Edith Piaf-, la lista es infinita. Cada uno de nosotros guarda en su intimidad aquella letra, aquel acento, aquella melodía que tanto significó en un momento de la vida, que no ha sido olvidada, que vuelve insistente (insidiosa, a veces), que no ha de cesar sino con nosotros mismos. Y, sobre todo, aquella voz que supo decirla como nadie.
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García Lorca sostenía que a Pastora Imperio, ya madura, le bastaba plantarse en escena y mover apenas un brazo, nada más, para que todo el duende y el señorío del flamenco fascinasen a los espectadores. Y Diderot dice que el gran actor crea un fantasma, que es lo que el espectador ve y aplaude. Marikena crea un fantasma entrañable: consigue, con nuestra canción popular, lo que la Imperio con el flamenco. No se trata sólo de la potencia vocal, o de la afinación. Es la expresividad lo que cuenta: y ese nivel de interpretación es tan sólo privilegio de una gran actriz.