Cacho Castaña: Es tan lindo San Francisco, pero extraño el Obelisco
Ni Florencia, ni Roma, ni París. El creador de Café La Humedad dice que sufre cuando se aleja de Buenos Aires.
Yo extraño mi ciudad. Las luces de mi ciudad. Su brillo, su resplandor ... Lo escribió Nacha Guevara, lo suscribe Cacho Castaña. Dice que está cansado. Mucha gira, demasiado escenario. Está en Carlos Paz haciendo “El gran show”, lo espera Mendoza, y después, a Europa, dos o tres meses. “Para descansar del laburo”. ¿Y de Buenos Aires? “Buenos Aires me gusta”, se anticipa el cantante, y dispara: “Me voy afuera y a los diez días quiero volver. Es el problema que siempre tengo con mi mujer ... a la semana me aburro. Extraño”.
Yo extraño ese resplandor. Que hace que mi ciudad brille más que el sol. Es tan lindo San Francisco, pero extraño el Obelisco ...
Continúa la creación de Nacha, y las explicaciones de Cacho: “Extraño el olor a café, la comida, todo. No hay como Buenos Aires. Podés ir a París, a Roma, a Nueva York ... Buenos Aires es otra guita”.
Yo sé que Florencia es bella cuando salen las estrellas, pero quiero ver el cielo de las noches de Pompeya/ En París hay lindos puentes pero no es calle Corrientes.
Se insiste con “Mi ciudad”, y Castaña ensaya otra reflexión: “Se le cantó tanto a Buenos Aires que ya no se sabe qué más decir. Es como a París. Hay tantos tangueros que le cantaron a París, qué increíble. No a Roma, no a Florencia, pero sí a París. Supongo que es porque hay una confusión con el baile apache de ellos, de las minas con el tajo en la pollera. Debe ser la ciudad más tanguera de Europa, la más atorranta. Como Buenos Aires, que es atorranta”.
Dice Cacho que patea Buenos Aires, que la recorre. Se junta con amigos en distintos barrios a tomar café. ¿Dónde? Prefiere no profundizar para preservarlos en privado. A veces Flores, también Belgrano, donde vive, y hasta Vicente López, son escenario de los encuentros, de momentos que le permiten revivir la adolescencia, la juventud, los tiempos en los que se inspiró para escribir “Café La Humedad”, la obra con la que más se lo identifica.
“No ando mucho por ahí, me bajonea. Me acuerdo de mi viejo, de mi vieja, de mis hermanos. Pasé los mejores años de mi vida, la adolescencia, todo ... La primera novia, la primera franela. Me bajonea, trato de escaparle. Es que estoy grande, más sensible. Veo publicidades y me emociono, estoy hecho un boludo”, piensa en voz alta. Después cuenta que de aquella barra del café La Humedad quedan tres amigos con los que se junta. En otro lado, porque en la esquina de Gaona y Boyacá hay otra cosa.
“Yo escribo porque aprendí en la calle, no me nutrí ni de Machado ni de Cervantes. Aprendí en la esquina, en el café. En La Humedad paraban asesinos, médicos, filósofos, chorros ... y ahí podías ver qué era bueno y qué era malo. Tenías de todo”, recuerda Castaña. Después, agrega con nostalgia: “No hay más bohemia, esos lugares no existen más, ni la gente ni los códigos. Cambió el café, la gente, el planeta. No es que haya sido mejor antes, es distinto”.
Sostiene Castaña que probó la experiencia del café gourmet. “No me gustó”, sentencia. Y cuenta que pese a todo lo que significa, no ganó mucho dinero con “Café La Humedad”. “Te muestro la planilla de Sadaic y no lo podés creer. Cobro $ 500 pesos, y por “Quieren matar al ladrón 50 mil”. Gracias a Dios yo escribí las dos”, exclama.
Y recuerda Europa, las vacaciones, Buenos Aires. Cuando me voy la extraño en su totalidad. A la gente, al tachero, a la puteada en la esquina. Buenos Aires es una bailanta, está abierta las 24 horas. Acá, el espectáculo empieza cuando vos salís a la calle. Además, tenemos a las minas más lindas del mundo. Si mil veces tendría que nacer, mil veces nacería en Buenos Aires”.
Sol, Do.