Tomarse en serio. El protagonista de El descenso del Monte Morgan habla de su roles de actor, dramaturgo y director.
Soñaba con hacer un Miller. Lo que no pensaba es que hubiera una obra no realizada en la Argentina. Cuando Pablo Kompel me hizo la propuesta de El descenso del Monte Morgan esa noche la bajé por Internet y la obra me agarró del cuello. ¿Qué actor no quiere hacer un Miller? ¿Cuántos autores pueden ser tan voluptuosos para un actor?
Strasberg decía que el tema del actor es la variación en la repetición. Para nosotros el hábito en el trabajo es importante. Como un instrumentista con un tema musical, el actor puede dejarse ir y volar cuando se conoce tanto la pieza que no te sentís preso de la partitura. Dejamos de hacer la obra casi dos meses en el verano y te vas con la mente y el alma muy lejos del material, cuando volvés no reconocés nada. Hay que recuperar el texto, la dinámica colectiva. Esos ensayos en principio son frustrantes porque parece que se volatilizó la maniobra y la libertad que tenías en la obra. Después aparece una memoria debajo de esa superficie que se reflota. Es un misterio este trabajo.
No lo programé. Dejé de hacer Art en el 2004 y no volví a subir a escena hasta el 2010. Como no programé estar diez años sin hacer televisión y hace diez años que no hago televisión. Es cierto que uno piensa: me voy a correr un poquito, quería tomarme un descanso del trabajo del actor. Fueron más de tres décadas casi sin parar de hacer teatro. Y no lo extrañé. Y podría volver a hacerlo. Disfruté de otros roles, de otras instancias expresivas. Y cuando retorné sentí el vértigo del regreso.
Tanto para dirigir como para escribir, la experiencia del pulso del escenario es un handicap. Aunque hay, como Miller, por ejemplo, genios, autores de escritorio. Actuar ayuda para escribir. Aunque hay, también, buenos directores que no pasaron por la experiencia del actor. Pero soy de los que creen que actuar ayuda a la hora escribir y dirigir, como si se tuvieran recursos adicionales. Roberto Villanueva no era un tipo que te dirigiera. Pedía que el actor mostrara. Pero concebía la matríz, el diseño de un espectáculo, y te metía ahí adentro. Tenía unas ideas geniales. Madanes, por ejemplo, te montaba una escena y te citaba más tarde. Mirá nene, fijate, decía. Y ponía un asistente a hacer el rol de Amadeus y todo estaba puesto milimetricamente. Si apoyabas el pie veinte centímetros de esa estructura empezaba a pegar con su bastón, lleno de furia.
Creo que me di cuenta con el tiempo lo que significó participar de La tregua. Era el desconocido con poca experiencia en un elenco imposible de juntar. Alterio, la Picchio, Marilina, Brandoni, Politti, Gasalla, Norma Aleandro, Cipe Lincovski, Carella, el Flaco Renán, una China Zorrilla magistral. Walter Vidarte hacía de ese tipo obsesionado con ganar el Prode. Miro a la distancia y digo qué golpe de fortuna tuve. En televisión ese papel lo había hecho Jorgito Mayor, actor ex-tra-or-dinario y un ser encantador. Y cuando el Flaco Renán lo lleva al cine, Jorge estaba ligeramente grande para ese papel. Yo tenía 24 y parecía de 20. Aquel hijo que estaba por asumir su homosexualidad y se lo daba a entender a su padre, cuarenta años atrás, no era un tema fácil de tratar: pero la historia estaba narrada con enorme humanidad. ¿Vos sabés que la película resiste el paso del tiempo? La vi hace un par de años y volví a emocionarme. Eso no te pasa siempre. Hay filmes que adoraste y los buscás y los volvés a ver y no te pasa lo mismo.
No me gusta verme. No me soporto. A veces, cuando ha pasado mucho tiempo puede ser más saludable: tal vez porque me olvidé lo que quise conseguir. Pero verse a uno mismo tratando de parecer otro es una cosa muy difícil. Toda la vida pensé de manera apasionada y exhaustiva el trabajo escénico. Y siempre pensé que tenía que tomar notas, llevar un cuaderno sobre algunas revelaciones que tenía sobre el trabajo. No lo hice. Creo que fue un error.
Soy el primer espectador de lo que escribo. Me divierte mucho eso. Los procesos de las tres obras fueron distintos. A Ella en mi cabeza la tuve en mi cerebro mucho tiempo. No la obra, sino lo que le sucece a este tipo. En la primera escritura, a las siete carillas, se me impuso la comedia. Ese era el tono. La escribí en treinta días. Dias contados fue otro proceso. La dejé un tiempo y después no encontraba lo que quería decir.
Si miro para atrás, tengo tanta gente a la que agradecerle. Hoy me acordaba de Juan Carlos Gené. Siempre tuve conciencia que mi encuentro como alumno con él fue decisivo para mi posterior crecimiento. Lo tengo como un hito, como alguien que abrió mi cabeza y cambió mi vida.