Ahogada por sus deudas, una inversora debió ceder a un banco el control de la discográfica donde grabaron Los Beatles
La segmentación y dispersión de los contenidos artísticos -cuya atomización acelera la aparición de cada vez más dispositivos a disposición de cualquier hijo de vecino, que ahora está en condiciones de emitir su propia producción o piratear la ajena- pone patas arriba la economía de las compañías que viven de la creatividad y las vuelve sumamente volátiles.
Los consumos se disparan hacia lugares no tradicionales y los empresarios de otros rubros desembarcan en esas empresas para ponerse al frente de complicados salvatajes financieros (o de involuntarios hundimientos tipo Titanic).
Hemos leído en la semana que pasó, a propósito del estreno de su película Conocerás al hombre de tus sueños , como Woody Allen debió instalarse en Europa para filmar puesto que los grandes estudios norteamericanos ya no se interesan por las pequeñas ganancias que puedan obtenerse de sus películas anuales y casi caseras. En cambio prefieren apostar a onerosísimos megatanques para hacer la gran diferencia o hundirse con todas sus fuerzas.
Hace rato que las obras de teatro más ambiciosas que se estrenan en nuestro medio, especialmente las musicales, deben contar como auspiciantes-coproductores a importantes sponsors para que cierren los números. Conocidas tarjetas de crédito ofrecen a sus clientes atractivos descuentos para estos y otros espectáculos.
Antes, el empresario que sostenía este tipo de operaciones era usualmente un apasionado de sus propios contenidos. Por citar unos pocos ejemplos, Enrique Susini, en radio; Goar Mestre o Alejandro Romay, en TV; Natalio Botana, en la prensa; la dinastía Mentasti, en cine, y así tantos otros nombres.
Ya hace unos cuantos años eso se ha modificado. La inestabilidad en los cuadros propietarios de corporaciones o empresas medianas o chicas ligadas a la industria del espectáculo se ha vuelto moneda corriente: se fusionan, se compran o intentan eliminarse entre sí; se intercambian los CEO se agreden con sucias maneras de competir y hostigan a los más débiles hasta hacerlos desaparecer.
No pocos empresarios de otros rubros se asoman a este sector no con el afán genuino de darle un sello personal, sino con la diminuta meta de ganar mayor influencia social o como trampolín a otros negocios más redituables. La carencia de esa "llama sagrada" que supieron tener los pioneros de este sector se intenta suplir con estudios de mercado o encuestas cuyos resultados no son suficientes para dar con la codiciada fórmula del éxito.
Es que el arrivista que llega ansioso por pasar a la historia y con ganas de dar vuelta todo, con una mezcla de cholulismo y excesiva confianza en sí mismo inversamente proporcional a sus conocimientos en la materia, carece de instinto y olfato. Sólo con ellos y trajinando este tipo de actividades tan específicas y particulares, donde la sensibibilidad y lo estético unido al sentido de la oportunidad pesa tanto, es posible seguir un poco mejor las veleidades del público.
* * *
Bastante de esto le viene ocurriendo a EMI, el célebre sello que editó a Elvis Presley, Los Beatles, Queen, Pink Floyd y tantos más que trascendieron por hacer vibrar al mundo entero con sus inolvidables melodías.
La discográfica venía tropezando gravemente desde hace rato, producto de la dramática reconversión de soportes y maneras de consumir música que sacude a los que trabajan en ese sector. Los artistas se han vuelto más rebeldes y empezaron a independizarse para convertirse en empresarios de sí mismos al poner todos sus esfuerzos de producción y de ganancias en giras y shows que producen por las suyas o asociados a empresas que nada tienen que ver con las empresas grabadoras.
Si el panorama descripto es para angustiar a cualquiera, mucho peor es caer en estas circunstancias en manos de ejecutivos como Guy Hands, el pope de la inversora Terra Firma que se quedó con EMI en 2007 por unos 5480 millones de dólares, una cifra que ya entonces sonaba desmesurada.
"La caída de los falsos dioses y sus estúpidas iglesias, las casas de discos -informaba el diario español El Mundo días atrás-, se derrumban como vaticinó el profeta David Bowie. EMI ya no es más que mobiliario del conglomerado bancario Citigroup".
En efecto, Hands no pudo sostener el colosal préstamo que le había hecho la entidad bancaria y ésta terminó quedándose con la compañía.
Pero las cosas todavía pueden empeorar un poco más si, como parece, el Citigroup vende EMI al mejor postor dentro de un tiempo.
En ese caso, Edgar Bronfman Jr., de Warner, le tiene muchas ganas. El Mundo no lo describe precisamente con cariño: "Quiere perder todo el dinero de su familia -consigna-. Bronfman es el impresentable hijo del imperio Seagram, la compañía de bebidas de Canadá que arruinó el imperio de su familia y se compró Universal, en el peor negocio del mundo, para acabársela vendiendo a las aguas de Vivendi francesa por casi la mitad de lo que había pagado".
Si Warner llegase finalmente a engullirse a EMI, el mercado musical se concentraría aún más ya que sólo quedarían tres grandes jugadores a nivel mundial (además de Warner, Sony BMG y Universal, ocupando un 75 por ciento del mercado, en tanto que el 25 por ciento restante estaría representado por los sellos independientes).
Los empresarios del área tendrán que aprender a inspirarse un poco más a la hora de proyectar sus decisiones si no quieren seguir manejando los destinos de estas empresas tan sensibles como meros autitos chocadores. O, peor, para no terminar expulsados de sus refrigeradas oficinas cantando penosamente y bajito aquello de Serrat que decía: "Las musas han pasado de mí, andarán de vacaciones".
Por Pablo Sirvén
psirven@lanacion.com.ar
En twitter : @psirven