De chico imitaba a Sandro y a Elvis. Talentoso y rupturista, desde el clásico introdujo el tango y el rock. Jugó de 9 en River, colgó los botines cuando descubrió el Colón y dice que siempre corrió los límites.
Admiraba a Carlos Manuel Morete, el hombre que brillaba en el área chica de River, en el mismo puesto en el que él jugaba en las infantiles del club. Quería ser como el Puma, soñaba con un futuro como futbolista. Hasta que, “como a los 10 años, me empezó a rondar la idea de la danza. Me acuerdo de esta escena: un día fui corriendo hacia mi vieja, que estaba viendo en la tele un documental de (Vaslav) Njinsky, y le dije ‘Ma, ¿un bailarín es un artista?’. ‘Sí.¿Por qué?’, preguntó. ‘Porque entonces quiero bailar’. Fue así de claro. Seguí jugando de delantero hasta los 13, pero ya sabía lo que quería ser de grande”, cuenta Maximiliano Guerra, el mismo que un año después de develada su duda estaba en el escenario como el hijo de Espartaco.
Con cinco medallas ganadas como futbolista y una convocatoria para jugar en la Novena, colgó los botines cuando sintió que “la danza ya era una cosa seria para mí... que al mismo tiempo me divertía mucho. Y todo se fue encaminando muy rápido, porque a los 10 empecé a estudiar, a los 11 pisé un escenario, a los 12 estaba en el Ballet de Cámara del Insituto (del Colón), a los 13 era refuerzo del Ballet del Colón, a los 14 me formaba con (Antonio) Truyol y con Liliana Belfiore y a los 15 bailaba Carmen en el Teatro Argentino de La Plata, algo así como mi gran debut”.
La enumeración, casi sin espacio para el respiro, marca el vertiginoso crecimiento del chico que había dejado de pisar la pelota para andar de a puntitas de pie por la vida. Y así, suave y firme, llegó su “otro gran debut: La Sylphide, a los 18, en el Colón, que fue un desafío gigante. Y de ahí no paré y siempre que pude corrí los límites”. Como cuando introdujo el tango o el rock a sus espectáculos. Eso que, antes de su formación clásica, hacía jugando.
“De chico imitaba a Sandro y a Elvis, que le gustaba mucho a mi vieja. Me salían mal, pero la pasaba bien. Ponía los discos y bailaba como loco. Yo soy muy físico, tengo que estar todo el tiempo haciendo algo con el cuerpo. Me acuerdo que una vez llamé a mi mamá desde el living, porque me había colgado de una araña de doce lamparitas jugando a que era El Zorro... Y me fui al suelo con todo. Era y soy muy inquieto”, asume el hijo de un pianista y una maestra que incursionó en el radioteatro. Trabajando de locutora, “un día le tocó presentar un show de mi viejo y así se conocieron. Son dos artistas que me enseñaron muchas cosas de la vida y del arte. Ellos y Tupin fueron clave en mi formación”.
Tupin, párrafo aparte según desprende su afectiva devolución, fue Wasil Tupin: “Mi maestro, un hombre enorme, un gran bailarín. El sabía aconsejar. Era casi un filósofo en su modo de hablar. Fue como un segundo padre para mí, un tipo muy generoso, que siempre recalcaba que antes de ser artistas somos humanos y que ese ser humano tiene que tener valores, como el respeto, la dignidad, la ética, la moral. A veces me escucho en ensayos o en medio de una clase y me parece volver a oír sus palabras, tal vez dichas de otro modo, pero perdura la esencia”.
Su abuelo Germán, “que tiene ochenta y tantos”, es otro de sus referentes. “Vive en España y cuando bailo allá va a verme. Es un gallego bárbaro, un tipo con gran sentido del humor. Y eso lo debo haber heredado de él, porque me gusta mucho reírme”, comparte el director del Ballet del Mercosur -donde también baila su esposa, Patricia Baca Urquiza-, con el que presenta, a sala llena, Carmen y Tango Paradiso. De viernes a domingo actúa en el Teatro Payró, de Mar del Plata, y desde el 9 estará los miércoles en el ND Ateneo.
De paso por Buenos Aires, instalado en el estudio que está reciclando, admite que “siempre fui medio rebelde para el encasillamiento del bailarín clásico. Yo me siento bailarín, a secas. Me acuerdo que cuando hice Con gloria morir, que terminaba con el Himno Nacional, recibí una amenaza de no sé quién y algunos cuestionamientos desde los más ortodoxos. Pero lo que hay que entender es que al llevar la danza a otros lugares, también traés gente de otros lugares hacia la danza. Y eso es muy beneficioso”.
Miembro del jurado de Talento argentino (sábado a las 22, por Telefe), asegura que “no la juego de malo. Lo que pasa es que soy muy transparente y se me nota todo. Me irrita, por ejemplo, la chantada. Yo soy muy riguroso con los demás, porque primero lo fui conmigo”, suelta quien fue primera figura del Colón, de Los Angeles Ballet Company o del English National Ballet, el Teatro alla Scala de Milan y el Kirov Ballet, entre otras compañías prestigiosas.
“Cuando doy un curso o dicto un seminario, siempre termino con la misma frase: ‘Tenemos que pensar que la vida es como un gran árbol. Las raíces muy fuertes, el tronco lo más derecho posible, para que arriba la copa pueda ir para donde quiera y pueda volar’. Esto lo enseño desde la vida y también desde la danza. Es un concepto que debo haber armado con muchas cosas sabias que me han dicho mis viejos, Tupin y mi abuelo”, palabra de alguien que anda en puntas de pie, sin por eso debilitar las raíces.