Cediendo claramente a la presión de la gente en las calles y seguramente por aquello de agua que no has de beber, el presidente de Yemen, el ex militar Ali Abdullah Saleh, que está en el poder desde hace nada menos que 32 años, acaba de hacer dos anuncios importantes: que no perseguirá una nueva reelección (cuando su mandato expire: esto es recién en el 2013) y que no maniobrará más de modo de entregar el mando a su hijo, a la manera de las dinastías. Intenta así garantizar la posibilidad de una alternancia real en el poder, cualidad esencial en las democracias.
Al anunciarlo, el líder yemení, curiosamente, dejó explícitamente sentado que, para él, gobernar a Yemen no supone un derecho sucesorio. Para ser aún más claro debería, quizás, haber anunciado que gobernar tampoco es un bien ganancial.
De esta manera, procura desactivar las protestas callejeras que llevan ya una semana atronando las calles de Saná, la capital del lejano país en el que alguna vez gobernara la bíblica Reina de Saba. Pero es posible que, como en el caso de Hosni Mubarak en Egipto, este anuncio sea insuficiente para, como pretende, apaciguar a la calle y poder completar su mandato y liderar una transición ordenada. Ocurre que la ira de la gente se personifica y que las multitudes no son escenarios aptos para la reflexión, sino para el descontrol.
Yemen está -una vez más- complicada por una rebelión en el norte del país y por el renacimiento de las pretensiones de secesión de la población que habita el sur de la nación. A lo que hay que agregar la presencia activa de Al-Qaeda, que utiliza al país como una de sus bases de operaciones.
Queda visto que los mensajes emitidos desde la plaza Tahrir, en El Cairo, resuenan más allá de sus límites. Lo sucedido en Jordania (donde el rey Abdullah II ha disuelto su anterior gabinete y ordenado urgentes reformas, en línea con los reclamos populares); Sudán (donde, pese a ser una teocracia, las protestas universitarias se han extendido); Siria (que tendrá el próximo fin de semana protestas similares organizadas -como es frecuente- desde Facebook y Twitter) sugiere que mientras los ojos del mundo están concentrados en el drama egipcio, las protestas generan reacciones también en otros escenarios. La marea que se ha extendido contra el autoritarismo está subiendo y los poco democráticos esfuerzos de algunos por eternizarse en el poder, que la gente rechaza, comienzan a frustrarse.
Por Emilio J. Cárdenas
Especial para lanacion.com
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas