Hace unos días se anunciaron las candidaturas para los premios Oscar, y como todos los años, ya se pueden escuchar las mismas críticas de siempre: que el premio es un invento hollywoodense que jerarquiza películas torpes y comerciales, que los galardones se van repartiendo entre los actores más cotizados, que las ternas están forzadas y son mentirosas, y que la Academia perdió el poco prestigio que le quedaba al haber votado engendros como Vidas Cruzadas o Shakespeare enamorado. Sin embargo, a pesar de las extensos reproches (algunos exagerados, otros muy ciertos), hasta los más escépticos revisan las nominaciones, chusmean la ceremonia, tienen sus favoritos, o al menos buscan en el diario quiénes ganaron al día siguiente.
El Oscar, mal que nos pese, encandila. Esa noche, casi todos miramos hipnotizados, hasta que el sueño lo permita, el televisor. A nadie -ni a la industria ni a los espectadores- le puede resultar indiferente quién se llevó una estatuilla. Los que se alcen con un Oscar el próximo 27 de febrero tendrán más trabajo y mejores papeles durante los próximos dos o tres años. ¿Y quién no quiere que su actor preferido haga más y mejores películas? ¿A alguien no le gustaría que el director de sus sueños tenga cien o doscientos millones para filmar? A mi sí. Yo quiero ver más películas escritas por Aaron Sorkin, mejores papeles para Michelle Williams, a Colin Firth en todas las comedias románticas, y muchas, muchas animaciones como Toy Story 3. Por otro lado, aunque sea cierto, hay que reconocer que este costado "práctico" del fanatismo es lo de menos. Queremos que nuestros favoritos tengan mejores papeles, sin duda, pero también queremos que ganen porque cuando ellos ganan nos sentimos parte del premio. Es como seguir a un club de fútbol o a una banda de rock. Que los reconozcan ilumina nuestra calidad como fanáticos: si los críticos determinan que un músico es bueno, también están juzgando nuestro gusto musical. Y si un equipo gana el campeonato, indirectamente adorna nuestra labor como hinchada dominguera. Cuando gana el ternado que lo merece -o el que nosotros creemos que lo merece- el mundo es un lugar más justo y lógico, en donde se premia a "los buenos", a los que se esforzaron, a los que tienen talento.
La espera, la intriga, y los pronósticos también adornan la espera. A muchos nos gusta todo el ritual de la elucubración y hacer apuestas con amigos. ¿Se lo llevará la película más espectacular o la más inteligente? ¿Se animarán a darle el premio a un director que ya lo ganó dos años atrás? ¿Podrá un film de animación ganar en dos categorías de mejor film al mismo tiempo? Porque una cosa es desear y otra muy diferente es acertar. Muchas veces queremos que gane un actor pero sabemos que van a darle el premio a otro que nos gusta menos.
Quizás los escépticos tengan razón, yo no lo niego. Puede que el Oscar sea un evento comercial, frívolo, incluso artísticamente reprochable. Pero una cosa es el valor del premio y otra cosa es el ritual del fanatismo para el espectador. Los premios, aunque a algunos no les guste, son el cierre pochoclero perfecto de todas las películas que vimos durante el año, una noche que reinicia la cartelera del cine y la pone en cero. Y eso no pienso perdérmelo.