Fernando Kabusacki. El guitarrista habla de Luck, su nuevo CD. Y del poco público que va a verlo.
Dice Fernando Kabusacki que, a principios de los ‘80, en Rosario, los caminos de la música llevaban a Pat Metheny o a la nueva trova local.
“Nosotros, -eso es yo y mis amigos- en cambio, íbamos a las únicas dos disquerías de la ciudad en las que podíamos escuchar a Brian Eno, Phil Manzanera, Hartfield and the North. ¿King Crimson? Nunca fue de mis favoritas hasta que escuché Discipline”, recuerda. Entonces, el guitarrista, que acaba de editar Luck, su décimo CD solista, consiguió un pasaje, y se fue en busca de Robert Fripp, para estudiar y tocar con él.
“Cuando Fripp disolvió la Guitar Craft para rearmar Crimson, tuve que decidir qué hacer. Los belgas se iban a Bélgica, los alemanes a Munich, y yo pensé que me iba a dar impresión vivir para siempre en un lugar en el que no conocían a Spinetta. Y me volví”, cuenta.
A partir de entonces, mientras acompañaba a Liliana Herrero, María Gabriela Epumer, A Tirador Láser y Juana Molina, entre otros, Kabusacki se dedicó a trabajar en su propia música instrumental, con suerte algo esquiva. “Lo importante -comenta- es que siempre fui fiel a mis creencias.”
¿Qué dicen esas creencias?
Que tengo que hacer la música que me parece que está bien, sin cambiar según digan los demás.
Lejos del concepto tradicional de canción, en tu música todo parece hecho en el momento, e irrepetible. ¿Con qué idea entrás a grabar?
Con ninguna. Mis discos son improvisaciones que toman forma ahí mismo. Es como un trabajo de pintor. No hay nada escrito, y hay sonidos a los que ni sé cómo llegué.
¿Y cuando tocan otros músicos?
A veces improvisamos juntos. De lo contrario, ellos tocan sobre lo que yo grabé antes.
¿Es igual con los cantantes?
No. En ese caso, lo que toco tiene que estar en función de la canción y el cantante. Si toco de más, molesto. Bastante tiene el que canta con lo suyo como para aguantar a un rompe pelotas al lado.
¿Y cuando musicalizás películas en vivo con la National Film Chamber Orchestra?
Ahí estamos en función del filme. La idea es tocar para que la gente tenga de dónde agarrarse para disfrutarlo. Si estamos demasiado presentes, siento que fallamos.
¿El público de la orquesta es el mismo que el de tu proyecto solista?
Al de mi proyecto personal, mucho no lo conozco, porque viene poco a verme.
¿Te frustra?
Alguna vez me frustró. Después lo empecé a entender de otra manera, y dejé de pensar que eso pasaba porque fuera malo.
¿El malo es el público?
No. Pero creo que no está bien cultivado. Dicen que hago música rara. Es distinta, pero no rara. Esa falta de amplitud alarma.
¿Eso no cambió en estos años?
Puede ser que haya un cambio en los más jóvenes. Igual, creo que hay demasiada complacencia, al no querer romper con lo que la gente supuestamente quiere escuchar. Aunque sea un poquito.
¿Será que tratan de adaptarse a un público que cada vez tiene menos paciencia?
La falta de paciencia es evidente. En la música y en otros ámbitos. Acá, un auto se detiene cinco segundos y lo insultan. En Japón, o en Europa, un tipo para, abre el baúl, baja una valija, y la gente espera.
¿No te arrepentís de haber vuelto?
No. Al fin de cuentas, a lo mejor estoy contribuyendo con algo que no hacen otros. Y siento que lo tengo que hacer acá.