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Contra Heidegger
HEIDEGGER, PENSADOR DE UN TIEMPO INDIGENTE
Por Karl Löwith(FCE)-Trad.: Román Setton-363 páginas-($ 42)
En 1969, Karl Löwith fue invitado por Martín Heidegger, el autor de Ser y tiempo , a la celebración de sus 80 años. Al iniciar la lectura del texto con el que se sumó al festejo, Löwith aclaró: "Lo primero que quiero expresar en esta ocasión única es mi agradecimiento personal por permitirme estar acá, a pesar de que no pertenezco a los discípulos que han continuado pensando en la dirección iniciada por usted. Si aun así me siento su discípulo, se debe, no a la positiva aceptación de su pregunta por el ser, sino a que usted fue el único maestro que me hizo saber lo que puede ofrecer una lección de filosofía en cuanto a intensidad y concentración; a que usted me dio, en las turbulencias posteriores a la Primera Guerra Mundial, impulsos decisivos para la propia reflexión".
Es, pues, doble el posicionamiento de Löwith frente a Heidegger. Por un lado, lo reconoce como un auténtico maître à penser . Por otro, se confiesa francamente desinteresado en su propuesta temática. De hecho, Löwith no sólo no siguió trabajando en la dirección propuesta por Heidegger sino que optó, incluso, por una dirección diametralmente opuesta a la suya. Así lo atestigua, por lo demás, Heidegger, pensador de un tiempo indigente. Sobre la posición de la filosofía en el siglo XX , integrado por catorce densos estudios escritos en distintos momentos pero orientados, en conjunto, a efectuar una revisión intensamente crítica de las ideas del célebre filósofo.
El núcleo de ese antagonismo lo constituye la distinta valoración que de la ciencia realizan Löwith y Heidegger. Es sabido que, para éste, la ciencia "no piensa" y que, junto con su producto primordial, la técnica, es la expresión máxima de la decadencia metafísica alcanzada por la Modernidad, es decir, por el olvido extremo de la cuestión del ser, medular en el pensamiento heideggereano.
Löwith, que estudió biología y filosofía al mismo tiempo, reniega de esta caracterización de la ciencia y, desde la impugnación que de ella efectúa, lleva a cabo un implacable cuestionamiento de la consistencia íntegra de la filosofía del autor estudiado. Löwith atribuye a Heidegger no sólo una lectura reduccionista de la historia de la metafísica (que de Platón a Nietzsche no habría hecho otra cosa que moverse en una sola dirección), sino además, una prejuiciosa visión de la ciencia, fruto, acaso, de una pugna envejecida con el positivismo lógico y con un empirismo elemental. "El intento de Heidegger de superación de la metafísica desconoce que los impulsos productivos de todo el pensamiento actual hace ya cien años que no surgen de la filosofía, sino que se deben a los grandes descubrimientos científicos del siglo XIX. Luego de que la física moderna de Copérnico y Kepler hasta Galileo, Newton y Einstein revolucionara nuestra imagen del mundo, Darwin, Marx y Freud fueron quienes colocaron - biológica, sociológica y psicológicamente - al hombre en una perspectiva de la que no puede sustraerse nadie que todavía quiera decir, sobre este mundo y el hombre, algo con una justificación comprobable. La meditación filosófica no puede correr detrás del progreso de la ciencia, pero tampoco puede dejar de lado la ciencia sin quedar suspendida en el vacío."
De modo igualmente central, Löwith acusa a Heidegger de llevar a cabo su planteo ontológico-existenciario con exclusión de toda y cualquier consideración de la naturaleza, tanto en el sentido de lo que nos rodea como en el sentido de lo que nos constituye. "Si falta la naturaleza, no falta un ente o un ámbito del ser entre otros, sino que se deja fuera la totalidad del ente en su entidad. Pues ¿qué ha de ser la naturaleza si no es la única naturaleza de todo ente, cuya fuerza generadora hace que todo cuanto es - por tanto también el hombre - surja de ella y luego también perezca?" Löwith afirma que el hombre es "naturaleza pensante corporal". En consecuencia, sólo puede asumirse como Dasein (es decir, como ente en el cual irrumpe la cuestión del ser) porque, por naturaleza, él ya es ahí y vive, se relaciona consigo mismo y piensa" inscripto en esa naturaleza que lo constituye y habilita a proceder como lo hace. En otros términos, Löwith quiere hacer valer, frente a la pregunta por el ser, el mundo de la naturaleza, "que existe por sí mismo mudo e indudable". Luego y extremando su adhesión a una muy discutible objetividad, Löwith considera que la muerte no posee estatuto filosófico y no es, por lo tanto, "una clave para comprender nuestro Dasein " en su especificidad, ya que, como fenómeno, "forma parte de la naturaleza del hombre, en tanto éste es un ser vivo terrenal" sujeto a la misma suerte finita que todos los demás seres vivos.
Es evidente que el pensador del ser y el biólogo filósofo operan desde perspectivas irreconciliables y que la clave de esa diferencia remite al muy distinto valor adjudicado por ambos a los registros de lo simbólico, lo real y lo imaginario. El libro de Löwith no hace sino enfatizar estas irreductibles diferencias y llega a declarar que Heidegger, después de escribir El ser y el tiempo , abandonó los últimos atisbos de racionalidad discursiva de los que, en esa obra, se brindan aún tenues indicios.
Löwith cree advertir este distanciamiento de lo racional en la fuerte proclividad heideggereana a instalar su enunciación en una atmósfera religiosa, más cercana a la alegoría cristiana y la metáfora poética que al pensamiento demostrativo. "Se dice fácilmente y haría las cosas más fáciles que el pensamiento filosófico se mantuviera más allá de lo demostrable y refutable; pero si el ámbito del pensamiento esencial fuera más allá de todo lo demostrable y refutable, entonces la filosofía ya no tendría nada que ver ni con la verdad ni con la probabilidad, sino con afirmaciones incontrolables y suposiciones." Y para no seguir abundando en discrepancias, Löwith, escandalizado con las supuestas arbitrariedades lógicas y filológicas de su maestro, termina por sentenciarlo mediante un diagnóstico radical: "Heidegger dice aquello que tiene para decir con una maestría y una encantadora profundidad que están estrechamente emparentadas con la sofística". Persuadido de que así es, Löwith no duda de que la posición de la filosofía en el siglo XX se ha visto paradójicamente debilitada por quien más empeño puso en fortalecerla, diferenciándola de la metafísica previa: su maestro Martín Heidegger. Su libro, en consecuencia, estima imprescindible que el pensamiento filosófico se reconcilie con la ciencia y que, sin subordinarse a ella, opte por un diálogo con sus hallazgos e interrogantes que permita superar la dicotomía tajante y estéril que Heidegger estableció entre ambas.
Santiago Kovadloff
Fuente
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