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Apuntes de clase
EL PROFESOR Por Frank McCourt-(Norma)-Trad.: Laura Wittner-307 páginas-($ 39)
Los motivos por los que un hombre que había escrito poco y publicado menos decide, ya en el umbral de la vejez, convertir en libro el relato de su vida pueden resultar inciertos aun para el que emprende semejante empresa. En el prólogo a El profesor , Frank McCourt (nacido en Nueva York en 1930, pero criado en Limerick, Irlanda) cita una frase de Francis Scott Fitzgerald según la cual las vidas de los estadounidenses no admiten segundo acto. "En mi caso, se equivocó", corrige McCourt candorosamente y no sin razón. Agrega que su transformación en escritor le tomó tanto tiempo porque estuvo ocupado treinta años con la enseñanza desde que empezó a dictar clases de inglés en la Escuela Secundaria Vocacional y Técnica McKee, del distrito de Staten Island. Y son precisamente las experiencias de esas tres décadas de su vida las que aborda en este nuevo libro.
El profesor completa la trilogía autobiográfica que había iniciado Las cenizas de Angela (1996, ganador de varios premios, entre ellos el Pulitzer) y que continuó ¡Ajá!, sí lo es (1999). Este volumen final es el más literario de la serie, sobre todo porque el autor transita aquí sus roces, a mitad de camino entre la rebeldía y la sumisión, con el ambiente de los escritores neoyorquinos hacia los años cincuenta y sesenta. Hay varios encuentros célebres, entre los que resultan particularmente memorables aquellos con el novelista Edward Dahlberg -ridiculizado sin piedad como ejemplo de intelectual pedante- y con Herbert Hunck, figura espectral y poco frecuentada de la Generación Beat que lo visita en la escuela en busca de dinero para garantizar el abastecimiento de narcóticos. En el medio pasan muchas cosas: su misérrima partida de Irlanda hacia Estados Unidos, su casamiento, el nacimiento de su hija, su divorcio y la tesis de maestría sobre Oliver St. John Gogarty, poeta inclasificable que le sirvió de modelo a James Joyce para construcción de Buck Mulligan, uno de los protagonistas de Ulises .
Pero el verdadero núcleo del libro son las memorias de la docencia. Primero, de su accidentada formación como profesor, con exámenes mediocres y deserciones ocasionales para retornar a su duro trabajo en el puerto, pleno de incidentes violentos que, sin embargo, no alcanzan nunca una genuina estatura trágica porque el autor, con la distancia olímpica de los años, convierte cualquier incidente en una excusa ingeniosa para la sonrisa tibia de la nostalgia. Después, de sus sufridas obligaciones al frente de una clase poco dispuesta al aprendizaje. McCourt se dedica aquí a construir de manera episódica una épica en la tarea docente, y en realidad El profesor está armado como un simple anecdotario escolar, como una colección de sucesos de gracia variable.
El profesor todavía vacilante es sometido al escarnio de los colegiales, que responden inopinadamente o se arrojan sándwiches de salchicha. Frente a las desventuras iniciales que le depara su tarea, adopta una decisión radical: "En lugar de enseñar, contaba historias. Cualquier cosa con tal de mantenerlos tranquilos en sus asientos". Se hunde entonces en el pasado y las historias que cuenta con honestidad son sus propias peripecias de inmigrante. Se trata de una estrategia eficaz que despierta el apetito de los jóvenes por saber más sobre esa vida que entienden tan apasionante como poco académica. Más adelante, perfeccionará el arsenal de recursos pedagógicos y para explicar el reconocimiento del verbo y el sujeto en una oración recurrirá a un trabajoso símil entre el funcionamiento de la sintaxis y el de un bolígrafo. Y hacia el final de carrera, cuando enseña escritura creativa, les propondrá a los alumnos la lectura en voz alta de recetas de cocina, métodos todos prolijamente heterodoxos y de cuño vitalista que evocan aquellos que, a su turno, se vieron en la película La sociedad de los poetas muertos .
Frank McCourt parece concebir la escritura autobiográfica como una variedad de la pedagogía. En este sentido, el tono conversacional, punteado por continuas apelaciones al interlocutor, trama el correlato escrito del carácter oral de las clases y constituye un acierto del autor que la traducción preserva sin incurrir en coloquialismos excesivos. Su libro deviene así una suerte de apunte de clase pleno de salvoconductos didácticos. De hecho, no es otro el cuento amable que McCourt enseña a su flamante alumnado, los lectores: la parábola edificante que lleva desde una infancia triste en Irlanda, el trabajo en los muelles de Manhattan y la inadaptación al sistema educativo estadounidense hasta la compensación, tardía aunque celebrada sin rodeos ni modestia, del éxito editorial y la fama fulminante.
Pablo Gianera
Fuente
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