Escenas imperdibles de los personajes más odiados en una isla brasileña
FLORIANOPOLIS.- El show de los argentinos en Florianópolis es casi más entretenido que la playa. Aquí van algunas escenas imperdibles del personaje más odiado y querido de esta isla (Santa Catarina) que, vale aclarar por cortesía, representa sólo a una mínima parte de los miles de turistas nacionales que llegan todos los veranos:
Escena uno. En un local de venta de excursiones un joven guía vocea a todo volumen las ofertas de la agencia. El señor en cuestión, claro está, es argentino y del barrio de Caballito. Y no para de hablar ni siquiera para respirar. "Señora si usted compra la excursión de buceo le hago una rebaja de cinco reales en el paseo del barco pirata y si no contrata ahora no puedo asegurarle lugar porque la semana pasada estuvo feo el tiempo y hay mucha gente en la fila y bla bla". La señora, turista cordobesa también: "Bueno, pero si me rebajás 10 reales, porque te lo estoy comprando ahora". Réplica el guía: "Le hago siete reales y cerramos". Todos contentos...
Escena dos. Juan, turista porteño, ingresa a un local de ropa de colores y telas muy brasileñas de Canasvieiras para comprarse unos pantalones. "¿Cuánto cuestan?" pregunta. "Cincuenta reales", le responden. "Te doy 40 porque no pude cambiar plata..." Y sale con sus pantalones jactándose de su habilidad en el arte del regateo. Ni siquiera le preocupa esa regla clave que sostiene que "nada de lo que te compres en Brasil te va a quedar bien en Buenos Aires..." La anécdota del pichuleo justifica el gasto.
Escena tres. Alfredo atiende su pequeño local de venta de artículos de surf con un acento reconocible. "Soy de Boedo... A mi me falta Buenos Aires... Acá estoy bien, pero, por ejemplo, hoy estuve todo el día mirando televisión cuando en Buenos Aires hubiera ido a la cancha o al café con los amigos". "Y por qué no volvés...", se le consultó. (No hubo respuesta y dejó la sensación de que algún asuntito se lo impedía). "Me conseguí una mujer, descendiente de esclavos... otra vez no piso el palito hermano, ya me comí el garrón una vez con una porteña" dijo con ese tono característicamente avispado.
Escena cuatro. Conversación con un brasileño. "Con los argentinos no tenemos problemas y acá hay muchos. Pero algunos que vienen a vivir no son muy queridos." Ajá, y por qué, se le pregunta. "Porque donde llegan empiezan a colonizar", dijo. ¿Cómo?, hay que insistir. "Si se ponen a hacer artesanías al poco tiempo tienen gente que trabaja para ellos, se roban los lugares donde están otros artesanos y no respetan los precios de venta. Lo peor es que después se juntan con otros como ellos y terminan poniendo una posada donde trabajamos nosotros por nada", argumentó. ¿Será cierto?
Escena cinco. "El morocho quería venderme la colcha en la playa a 50 reales", comienza diciendo Julio a un auditorio compuesto por unos cuantos coterráneos. "Le dije que le daba 40 reales y me dijo que no", explicó y, de repente, se le dibujó una sonrisa: "Al principio no quiso saber nada, pero a los dos minutos volvió y se la saqué por la mitad...¡La mitad!" se jactó con ganas. Alguien le dijo: "Seguro que si le decías 10 te la vendía igual". Y rápido para retrucar Julio esgrimió: "Claro por ahí un brasuca se la saca por menos pero para mí, que no conozco, está muy bien. ¿O no?".
Escena final. Un grupo de rosarinos -son doce en un departamento de tres ambientes- frena a un vendedor de pareos en la playa. "Hey no te escapés y no vayás haciendo cuentas que te vamos a comprar mucho", le advierten. Enseguida empieza la puja por el valor. Al final no compran nada. "Mirá acá es como que te da más hacer esto, pero es verdad que en la Argentina no pichulea nadie", confiesa Daniel un poco avergonzado. Sintetiza, más o menos, lo uno puede intuir en todos estos casos: sólo pasa en Brasil.
Por Franco Varise
Enviado Especial
Especial para lanacion.com