lanacion.com aceptó el desafío de la experiencia única que se vive al caer desde 3000 metros a una velocidad de 230 kmh; cómo es un salto en paracaídas sobre la costa atlántica;
MIRAMAR.- "¿Rezás?, ¿Estás meditando.?", preguntó lanacion.com . "No, no, aprovecho para dormir un ratito. Esta mañana me levanté a las seis para hacer el trámite de la VTV y estoy liquidado.", respondió Mario, sentado con las piernas cruzadas en el piso de la avioneta, mientras apuntaba la cara hacia el sol con los ojos cerrados y gesto de llamativa calma.
Desde el suelo, puede parecer lógico. Mario Tapia se luce en esta actividad hace más de 25 años. Es instructor y responsable del Club Escuela Paracaidismo del Mar y se lanzó al vacío en unas 5200 oportunidades. Más de dos días en su vida transcurrieron en caída libre. Pero claro, por más experimentado que sea el instructor, cuando se viaja a 10.000 pies (unos 3000 mts) y faltan minutos para que el suelo desaparezca, la tranquilidad es un sentimiento que tiende a la extinción, al menos para un novato.
En el aeroclub de esta ciudad y luego de una breve charla informativa, lanacion.com aceptó el desafío de saltar desde la avioneta Cessna 185. "Acordate: brazos en cruz, cabeza hacia arriba y el cuerpo bien arqueado", repetía Tapia a cada uno de los que tenían pensado saltar y practicaban la técnica acostados boca abajo sobre el césped. Obsesivo de los numerosos mecanismos de seguridad, Mario hacía todos los preparativos necesarios en tierra hasta que María, la joven piloto comercial cuyo trabajo consiste en despegar acompañada y aterrizar sola varias veces al día, terminara de acomodar el avión para una nueva aventura.
Ya en el aire, mientras la pequeña aeronave ascendía en círculos hasta la altura adecuada, el repaso por la mecánica del salto se volvía repetitivo. "Cuando se abra la puerta y los camarógrafos salgan, vos te parás, te acercás, apoyás los pies sobre el escalón y listo, yo hago el resto", explicaba Tapia a espaldas de este enviado. Un sistema de cuádruple arnés ya hacía técnicamente imposible la separación entre ambos hasta la vuelta a tierra.
No fueron suficientes, suelen no serlo, las numerosas advertencias sobre el momento en que se abre la puerta. El aire entra violento, las palabras dejan de oírse y es ahí, cuando ya no quedan obstáculos entre el hombre y la inmensidad, cuando se toma real conciencia y se hacen palpables los tres kilómetros de vacío hasta el suelo.
El tan mencionado "1, 2, 3", previo al salto, jamás se escuchó. De un momento a otro, el piso dejó de existir y por las retinas sólo pasaron confusas imágenes. Tierra, mar, cielo, tierra, mar, cielo. De eso se trataban los loopings, esas electrizantes vueltas en el aire de las que habían hablado los entendidos un par de veces durante la tarde.
Cuando el horizonte se estabilizó, los brazos se abrieron y ahí sí, la adrenalina ganó la escena. Entre gritos, la fricción con el aire que deforma la piel y los saludos a los camarógrafos que luego harán reír a familiares y amigos, transcurrieron 35 segundos de caída libre a una velocidad de 230 km/h.
Cuando el altímetro en la muñeca de Mario marcó 1500 mts, algo detuvo la marcha. Los camarógrafos desaparecieron como por arte de magia y un tirón, que pareció hacia arriba, terminó con el vértigo. En un par de segundos, se pasó de la excitante caída libre a una sensación de calma absoluta. El silencio sólo se interrumpía con alguna leve ráfaga y recién cuando Mario preguntó "¿Y, qué tal?", el escenario mágico de la puesta del sol, los campos de colores y los edificios desperdigados en grupos sobre la costa, dio paso de nuevo a la realidad. Fueron siete los minutos de suave caída con el paracaídas abierto, a una velocidad aproximada de seis metros por segundo.
De nuevo en tierra, vuelve la tensión por lo que se acaba de hacer. Los abrazos y choques de mano por el salto exitoso se extienden por unos minutos y rara vez tardan en aparecer las ganas de repetir aquella paradójica sensación de que la gravedad no existe. Que volar es posible y que Isaac Newton siempre estuvo equivocado.
Por Tomás Rivas
Enviado especial
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