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Locura de los "telefónicos"
CELL Por Stephen King-(Plaza y Janés)-Trad.: Bettina Blanch Tyroller-459 páginas-($ 49)
En su último libro, Cell , el estadounidense Stephen King (Portland, Maine, 1947), el más célebre novelista de terror de la actualidad, imagina, con ácido humor, un posible desastre global a partir de un audaz sabotaje terrorista de los instrumentos electrónicos de comunicación, en particular, de los teléfonos celulares. Cell es una curiosa pero efectiva vuelta de tuerca de su propia novela de 1978 La danza de la muerte ( The Stand ), ya revisada por el autor en una edición especial de 1990. The Stand se introducía sin atenuantes en una ardua fantasía apocalíptica, impregnada de dilemas psicológicos, alusiones religiosas e incógnitas metafísicas, pero Cell , mucho más fresca e inteligente, pergeña un futuro inmediato plagado de zombis, que no son sino los indolentes beneficiarios de la tecnología en la vida urbana contemporánea, devenida en abrumador infierno, tal como lo subraya una y otra vez en el texto el juego de palabras entre cell y hell , presente incluso en la traducción.
Clayton Riddell, un joven artista de comics , ha logrado que una gran editorial bostoniana publique su novela gráfica Caminante oscuro . Luego de la exitosa entrevista, mientras se relaja en un concurrido parque de la ciudad, Clayton observa la procaz irrupción de la catástrofe: las personas que allí mismo están comunicándose a través de su teléfono celular comienzan a comportarse como bestias desaforadas, insultándose, golpeándose, mordiéndose y hasta matándose. Pero esta pequeña escena de horror urbano es sólo el principio del caos. Una extraña e implacable señal de enajenación se ha filtrado en todas las comunicaciones telefónicas de celulares del mundo y se instala en el cerebro de los humanos, convirtiéndolos en dementes de furiosa y destructiva agresividad. El crescendo , en pocas horas, es impresionante: suicidios, asesinatos, ejecuciones, atentados, explosiones se suceden por sobre la faz de la Tierra hasta que rápidamente triunfan la locura y la violencia extremas, y la civilización se derrumba. Clayton, que detesta la telefonía celular, sobrevive. Pronto se encuentra con algunos pocos como él y comprende que deben unirse y huir juntos en busca de alguna remota protección, es decir, los ínfimos espacios donde aún no hay telefonía celular, supuesto refugio de los cuerdos del mundo. Pero antes, el joven artista debe volver a Maine para saber si su esposa y su hijo se han salvado de la catástrofe. En el largo viaje a pie, dado que carreteras y caminos están intransitables por la acumulación de vehículos chocados y destrozados, Clayton y sus ocasionales compañeros comprueban que la rara locura de los "telefónicos", como denominan a los dementes, muta rápidamente: su comportamiento ahora, resultado de una extraña lógica, es el de temibles zombis que se proponen gobernar el mundo a partir de nuevos y desconocidos criterios. La peripecia de llegar a Maine se compone de un sinfín de desventuras para Clayton y sus compañeros, quienes, sin proponérselo, son considerados por los zombis como emblema de la resistencia y por ello deberán ser aniquilados.
Como es habitual en su narrativa, King acude a préstamos de la literatura y del cine. Cell , desde sus primeras páginas, remite, en ambiguo homenaje, al film La noche de los muertos vivos , de uno de los grandes reformadores del género en el cine, George A. Romero, y a la memorable novela Soy leyenda , de Richard Matheson, aunque el lector avezado podrá leer también reminiscencias de 1984 , de George Orwell; "Dial F for Frankenstein", de Arthur Clarke; El día de los trífidos , de John Wyndham; A Boy and His Dog y "No tengo boca y debo gritar", ambos de Harlan Ellison, y del humor corrosivo y la actitud contestataria de Forastero en tierra extraña , obra maestra de Robert Heinlein.
En equilibrada proporción, casi todos los distintivos de King están presentes en este relato: la vulnerabilidad de la vida cotidiana y de la condición de ciudadano medio, la descripción estremecedora de lo horripilante, la gratuidad final de la violencia, el suspenso sin tregua, el miedo en su estrato más recóndito, que fluye y se expande hasta guiar la conducta y procurar la salvación. Pero ahora aparece algo nuevo y terrible, King se ríe, con una risa irónica y crítica, distanciándose en alguna medida de la fábula para acicatear incansablemente al lector respecto de la absurdidad del modo de vida contemporáneo. Una risa amarga y desencantada que, en su burla feroz, hostiliza, con una saña nunca antes vista en su narrativa, a la civilización del consumo.
El espacio genérico del terror tampoco se libra de cierto enjuiciamiento. Así, por ejemplo, el homenaje al admirado gore de George A. Romero cede terreno, en varias ocasiones, a la cita literaria, al comentario cultural y a la velada opinión sobre el estado domesticado y previsible del género en la actualidad. Más aún, pronto el lector comprende que Cell es también la sutil venganza de King de los muchos años de reseñas negativas por parte de cierto periodismo literario y de la repetida descalificación que recibió de la intelligentzia estadounidense: el temible líder de los zombis, brutal y andrajoso, cruel y sanguinario, es reconocido por varios personajes como el rector de Harvard, un maloliente loco furioso que no deja de perseguir al protagonista para ajusticiarlo.
El probado talento de King para el género brilla en Cell , novela que debe ubicarse entre lo mejor del autor junto con El resplandor , Christine , It y Misery . El suspenso está magistralmente dosificado, la psicología abarca el punto justo para no aburrir, la capacidad descriptiva fluye casi ilimitadamente y la relación entre acción y espacio es inobjetable (cada nuevo refugio de Clayton y sus peregrinos se convierte, por su propia torpeza ante la locura, en una trampa).
En la solapa del libro se explicita la búsqueda de humor y despojamiento que guía al relato: se informa, simplemente, que el autor, Stephen King, vive en Maine, con su esposa, la novelista Tabby King, y que no tiene teléfono celular. La reflexión sobre la difícil supervivencia contemporánea y sobre la incapacidad de ver la propia locura y la del mundo se erigen como las dos grandes razones de esta magnífica fábula de humor negro, horror y suspenso.
Armando Capalbo
Fuente
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