Canta el tango como ninguno. Estadounidense, de 61 años, grabó un disco de tangos en castellano. Admira a Gardel y fue a su tumba a pedirle permiso para hacer sus temas.
Si hay una japonesa que no habla castellano y canta tangos por fonética (Anna Saeki), si hay tango finlandés (y quienes sostienen que el tango nació en Finlandia), ¿por qué no un estadounidense que cante tangos? Ese es John Iversen y ese es su disco, que se llama así, sin demasiadas vueltas: El norteamericano que canta tango. El repertorio tampoco tiene demasiado misterio: Mi Buenos Aires querido, Caminito, Sur, Malena y otros superclásicos del género. Hay un problemita con la pronunciación, pero bueno, eso quedará para el próximo disco. Porque John vino por primera vez a Buenos Aires en 2004 y fue aprendiendo español, un poco a los ponchazos, en ésa y sus seis visitas siguientes. La primera, cuenta, fue inolvidable: estaba acá justo un 11 de diciembre, aniversario del nacimiento de Carlos Gardel y Día Nacional del Tango, y pudo ver varias películas del prócer por televisión. Nunca antes había oído hablar de él, y quedó fascinado. Así como la mayoría de los turistas se enamora del baile, él -por su avanzada artritis en los pies- se enamoró del canto. Y quiso emular a Carlitos.
Ya tenía experiencia en la materia: en su juventud -ahora tiene 61 años- había formado parte de Dreams Die Hard, una banda de rock. La pasión por la música lo llevó a abandonar los estudios de sociología y periodismo y a cruzar Estados Unidos de costa a costa: se mudó de Boston a “la ciudad hippie” (adjetiva John) de Berkeley, California, donde todavía vive. Pero su fuerte siempre fue el trabajo social, con ancianos y desocupados: cuenta que en 1979 fue nombrado “el mejor trabajador social de Boston” y que en 1997 el East Bay Express le dio un premio “al mejor activista del año”. Ya jubilado, se lanzó a viajar por el mundo: en 2003 estuvo en Uganda, ayudando a recaudar fondos para un hogar de huérfanos de sida, y al año siguiente vino acá y, quedó dicho, conoció a Gardel.
“El es mi inspiración. En 2005 fui a su tumba, donde hice meditación para pedirle permiso para cantar sus canciones. Y también fui al cementerio a cantarle en sus cumpleaños. Siempre hablo de él en Estados Unidos: allá poca gente lo conoce. El tango canción no es muy apreciado: lo que más se escucha es Piazzolla y tangos instrumentales. Yo trato de explicarle a la gente quién es Gardel. Les digo que él creó los videoclips de música 50 años antes de MTV, que en 2003 la UNESCO nombró a su música Patrimonio Cultural de la Humanidad junto con la de Beethoven, Mozart, Maria Callas y Enrico Caruso. Caruso lo conoció en Montevideo y le dijo que cantaba como si tuviera una lágrima en su garganta”.
Iversen dice que, en parte, aprendió unos cuantos tangos gracias a la colección de discos de Clarín que consiguió en las librerías de saldos de Corrientes: “Es impresionante la versión de Sur de Nelly Omar, y las de Mercedes Sosa y el Polaco Goyeneche de Los mareados”. Ya tiene la rutina de instalarse cada noviembre y diciembre en Buenos Aires: su barrio favorito es Villa Crespo, “el barrio de Osvaldo Pugliese, de las antiguas milongas, del bar San Bernardo y del... ¿cómo dicen ustedes? ¡Glorioso! Sí, el glorioso club Atlanta”. De hecho, su disco puede comprarse en Los Angeles, un locutorio del barrio. Todo un buscavidas, además de cantar, John da clases de Kundalini Yoga: “Soy profesor desde hace nueve años. Las posturas me benefician para mejorarme de la artritis, que está en remisión. Así que puedo decir que el yoga y el tango son curativos”.