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Compleja trama familiar
EL FARO DE BLACKWATER Por Colm Tóibín-( Edhasa)-Trad.: María I. Butler de Foley-282 páginas-($ 42)
En el principio de El faro de Blackwater hay una mujer, Helen, que admira a su marido por la simpleza inteligente con la que sabe afrontar la vida. Simpleza de la que ella, varias veces, dice carecer por completo, aunque el relato de su cotidianidad con el que empieza esta novela no dé ninguna seña de ello. Hasta que, una mañana, un hombre llega hasta su casa en Dublin para decirle que Declan, el hermano de Helen, está internado en el hospital y quiere verla cuanto antes. Tiene sida y la década del noventa recién empieza, lo que implica ninguna posibilidad de salvarse. Declan, como el narrador de Un año sin amor , de Pablo Pérez, y el de Citomegalovirus , de Hervé Guibert -tal vez el autor más emblemático cuando se trata de literatura sobre sida y homosexualidad-, aborrece los hospitales, esos espacios donde acechan los experimentadores y las humillaciones. Declan le pide a su hermana, a quien no ve hace un tiempo, que le avise a su madre, que lo saque de allí y que lo lleve hasta Cush, el pueblito de la costa irlandesa en el que vive su abuela y en el que pasaron juntos, siendo chicos, una temporada infernal mientras su padre se moría en un hospital de Dublin. Cuando Helen -que hace años no habla con su madre y que hace años también juró nunca más volver a ese lugar- accede al pedido tripartito de su hermano, el lector empieza a enterarse, en dosis muy bien administradas, de qué hablaba cuando hacía referencia a su constitución atormentada.
En Cush se encontrarán su abuela -una mujer acostumbrada a la soledad y a más de una extravagancia-, su madre -una mujer que ha sabido acumular dinero y coraza en todos estos años en los que no ha tenido contacto con sus hijos- y dos amigos irreemplazables de Declan. Estos dos últimos son los únicos que quedan exentos del reencuentro con los otros y con el pasado que el traslado al pueblito costero supone para todos los demás. El faro de Blackwater está contada en una tercera persona que podría haberse focalizado, como indica la convención, en la interioridad de cualquiera de los personajes, aunque únicamente lo hace en el caso de Helen. Desde su punto de vista vemos lo que pasa en esos reencuentros, lo que se dice, lo que se recuerda. El recurso utilizado por Tóibín es impecable: cuando el lector, azuzado en su buena predisposición por esa tercera persona que narra, está a punto de identificarse con la mirada de Helen, el relato va dosificando dispositivos que van disuadiéndolo. Llega incluso a preguntarse si no será cierta la acusación que en una de sus múltiples discusiones le hace la madre a su hija: que desde niña se mantuvo como una observadora implacable, que nunca había nada que permitiera acceder a ella o a las evaluaciones que hacía sobre las cosas. Con el transcurrir del relato, entonces, Helen, pasa de ser la observadora a la observada, y se subraya sutilmente lo convencidos que solemos estar, sobre todo cuando de lazos íntimos se trata, de la verdad absoluta de apreciaciones que únicamente, por definición, pueden ser parciales e inestables.
El entramado de versiones y los abismos infranqueables que son las relaciones de familia están perfectamente detallados en El faro de Blackwater , publicado originalmente en 1999 y ahora distribuido en la Argentina. Antes y después, Colm Tóibín publicó ensayos, novelas y tres libros de viaje: Homenaje a Barcelona , que puede ser considerada la segunda ciudad de este autor irlandés; La señal de la cruz: viaje al fondo del catolicismo europeo y Mala sangre: peregrinación a lo largo de la frontera irlandesa , un título que solía circular por aquí en una edición de Península. Varios de sus libros exploran la homosexualidad como tópico: El amor en tiempos oscuros , en el que se refiere a personajes como Elizabeth Bishop, Oscar Wilde y Pedro Almodóvar; Crónica de la noche , novela en la que relata las dificultades de un adolescente angloargentine para ser gay en la Argentina de la época de Malvinas, y El maestro , en el que analiza cuatro años específicos en la vida de Henry James.
Como en El desbarrancadero de Fernando Vallejo -en la cual el narrador se ve obligado, por el sida terminal que padece su hermano, a volver a la Colombia a la que juró no volver nunca más-, el sida conduce, en El faro de Blackwater, a reencuentros con lugares y personajes del pasado. Si las camas de hospital y las enfermeras maliciosas pueden ser aterradoras, estas dos novelas demuestran que también pueden serlo las familias y los retornos.
María Sonia Cristoff
Fuente
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