Este relato es casi la continuidad de una nota publicada el 22 de junio de hace dos años, titulada: Mi vecina de la infancia. Semanas después de esa crónica, recibí un correo electrónica de una persona que manifestó ser familiar lejano de la señora Mercedes Forn y me pasó su teléfono, para comunicarnos, ya que después de aquel viaje, ella quería volver a contactarse conmigo.
La llamé y hablamos durante casi una hora y media. Desde ese momento surgió una hermosa amistad, que a la fecha no solo perdura, sino que se ha ido acrecentando.
Meses después de aquella charla y a raíz de otras comunicaciones, nos volvimos a encontrar con la señora Mercedes. Pero esta vez estaba también su hija Betty y yo fui acompañado de mi esposa y mi hija. El lugar del encuentro fue la Plaza Cataluña, ubicada en Arroyo y Cerrito, en una fría tarde de otoño. El motivo eran las fiestas patronales de Saint Jordi, donde hubo publicaciones típicas y bailes de sardana.
Luego de algunos meses, Mercedes nos invitó a mi familia a su casa para una reunión de la que también participarían su hermano Felipe, un auténtico poeta, y la hermana Pepita Forn, actriz en la recordada radionovela Los Pérez García, aunque lamentablemente esta última no pudo concurrir.
Luego de la charla informal y los recuerdos sobre el barrio y la mentada esquina de Arribeños y Nahuel Huapí, donde viví parte de mi infancia, participamos de la lectura de algunos poemas de Felipe.
En aquella esquina donde estuvo la casa de los Forn y enfrente de donde yo viví, había un árbol paraíso, que cuando se demolió la propiedad fue derribado. Por suerte Felipe tuvo el tino de recoger algunos pedazos hachados del mismo y también el viejo cartel indicador de la calle Arribeños, de chapa enlozada de color azul con letras blancas y en su ángulo superior izquierdo tenía el escudo original de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.
En la reunión disfrutamos mucho mirando fotos y una amena conversación. En un momento determinado Felipe me dijo que aquellos elementos que había atesorado por años y que los había guardado, me los quería regalar como una forma de reconocimiento por nuestra amistad con su hermana, la señora Mercedes.
Personalmente mi alegría fue inmensa por aquellos obsequios. Probablemente para otras personas sólo sean una simple chapa indicadora de una calle y unos trozos de madera, pero resulta que en mis primeros años presencié aquel cartel todos los días y el paraíso, donde seguramente a su sombra transcurrieron travesuras infantiles.
Antes que Felipe se retirara de la reunión le prometí formalmente que el citado cartel estaría ubicado en un lugar preferencial de mi hogar, junto con los trozos de madera del añoso árbol.
Finalmente nos despedimos y allí recibí otro hermoso regalo por parte de Mercedes, cuando al abrazarme me dijo: "Te quiero mucho", algo que solamente me dicen mi esposa Marta y mi hija Florencia.
Creo que a partir de ese momento, además de una amistad, encontramos una familia con quienes se puede compartir momentos, recuerdos y proyectos, porque creo que ahora Mercedes viene a ocupar el lugar que mi "vieja" dejó vacante hace más de una década.
Todo esto que les acabo de relatar ha sido escrito desde el corazón y con el propósito que quienes lo lean lo interpreten así.
Estos son una parte de los párrafos que escribió Felipe, y quiero compartirlos con ustedes:
Me niego a declinar, no a envejecer
Pues negar la vejez sería idiota,
Que ella ultraje mi cuerpo, podrá ser
Jamás mi espíritu del que la juventud brota
Y a de gritarle, si quieres envejece
Eres autor de tu destino y de tu suerte
Pero no declino ni me rindo
Ni frente a la vejez ni ante la misma muerte
Espero que les haya gustado y será hasta nuestro próximo encuentro.