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La gran fiesta de Barranquilla
Cuatro días locos y cargados de desfiles, conciertos y bailes típicos que reivindican raíces y tradiciones en el Carnaval más importante del país.
BARRANQUILLA.- En un hecho que podría marcar un antes y un después en la historia de las relaciones internacionales, los presidentes de Colombia, Venezuela y Estados Unidos -Alvaro Uribe, Hugo Chávez y Barack Obama- desfilaron juntos por las calles de esta ciudad del Caribe colombiano ante una multitud eufórica. A ellos se les sumaron, entre otras personalidades, nada menos que la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt y varios líderes de las insurgentes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
No estuvieron solos. De cerca los siguieron el querido futbolista local Carlos e l Pibe Valderrama, Shakira, el Chapulín Colorado y Mr. T, inconfundible personaje de la serie de televisión Brigada A.
El encuentro fue posible, dobles y disfraces de por medio, gracias a una nueva edición del Carnaval de Barranquilla, declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la Unesco en 2003, sencillamente la fiesta más importante de Colombia y uno de los carnavales más populares de América junto con los de Río de Janeiro y Nueva Orleáns. Cuatro días locos y cargados de desfiles, conciertos y bailes que cada año son en verdad la culminación de varias semanas de jolgorio, pero también de una decidida reivindicación de raíces y tradiciones. Porque si bien no faltan los mencionados disfraces de personajes actuales ni los camiones cubiertos de logos de auspiciantes y cargados con actores de telenovelas, lo que predomina son casi doscientas agrupaciones que interpretan meticulosamente ritmos, movimientos, coreografías y vestuarios de rasgos aborigen, africano y español.
Una vez más, el clima distó mucho, eso sí, del de un congreso de antropología. Lo que quedaba claro ya desde los vuelos que transportaban turistas de Bogotá a Barranquilla (hora y veinte de viaje). Como si el piloto fuera el mismo Rey Momo, una marca de whisky invitaba a los pasajeros a brindar mientras la tripulación les proponía una especie de concurso de chistes alcanzándole un micrófono a quien se animara (y se animaban muchos). Y al llegar a destino, junto a la cinta para retirar el equipaje, un grupo de promotoras daba la bienvenida con cerveza adecuadamente helada para los casi 40°C de temperatura ambiente.
Suspendida casi cualquier otra actividad, los principales eventos transcurrieron entre el sábado 21 y el martes 24 de febrero por la vía 40, en esta ciudad de un millón y medio de habitantes, junto a la desembocadura caribeña del Magdalena, principal río del país y clave del desarrollo económico de Barranquilla durante el siglo XX.
Allí desfilaron, en un recorrido vallado de cuatro kilómetros, durante cuatro o cinco horas por jornada, desde carrozas superequipadas y movilizadas por importantes firmas hasta comparsas de los barrios más humildes, ambas rodeadas por participantes espontáneos con un espectro igual de amplio: de empresarios a chicos de la calle. Hasta el cierre, con el sepelio de Joselito o la muerte del Carnaval.
Para el turista que no reconoce a los famosos de la tele colombiana o que puede asistir a carnavales de otras latitudes, seguramente lo más interesante fue la Gran Parada de Tradición y Folclor, con una décima parte del público de la previa y más glamorosa Batalla de las Flores (700.000 personas, según datos oficiales), pero con diez veces más elementos autóctonos para apreciar. Algo difícil, es cierto, sin la ayuda de la folletería preparada para la ocasión por la Fundación Carnaval de Barranquilla, que apoya, incentiva y vigila desde hace 17 años el mayor orgullo de esta ciudad junto con su equipo de fútbol, el Junior (donde jugó alguna vez el Pibe Valderrama). Algo de información básica resulta imprescindible para identificar, al menos vagamente, garabatos, cumbias, congos, sones de negro y otras danzas de movimientos tan específicos como sus significados.
Otro de los momentos altos de estos días y para tener en cuenta para los afortunados que asistan a su versión 2010 fue la Noche de Tambó, baile gratuito y masivo en la plaza de la Paz, frente a la catedral de Barranquilla. Durante seis horas (todo un mensaje para los músicos que tocan a reglamento), la agrupación Tambó dio un seminario de auténtica cumbia, género que no tiene mucho que ver con otras músicas más australes del mismo nombre, y que se basa casi exclusivamente en toques de tambores con una austera línea melódica a cargo de gaitas, más parecidas a quenas que a bagpipes escocesas.
Como cantante invitada, el conjunto recibió a la gran Totó La Momposina, una Cesária Evora colombiana, es decir el nombre local más reconocido en la escena de la World Music. Pero el espectáculo central lo dieron las 10.000 personas, incansables, bailando en una especie de procesión circular, una y otra vez alrededor del escenario. Pura diversión.
Esa noche hizo una de sus apariciones estelares Marianna Schlegel Donado, Reina del Carnaval 2009. Como en todo o en buena parte del Caribe, las reinas son muy importantes en Barranquilla. Schlegel Donado, rubia barranquillera de 23 años, estudió Arquitectura en España y viene de una familia de soberanas: su madre, una tía y una prima portaron antes la corona de esta fiesta. Por la calle 40 desfiló en un camión repleto de parientes y amigos rubios como ella, bastante diferentes de los otros miles de participantes de estas carnestolendas. El Carnaval será una fiesta popular, pero su reina surge siempre de los clubes sociales de la elite barranquillera y es coronada por decreto del alcalde.
En todo caso se puede considerar al Carnaval como un reflejo de la sociedad local: reúne tanto a negros que recuerdan a sus antepasados esclavos como a familias que exhiben generaciones de exclusiva prosperidad; chicos que van a estudiar a Estados Unidos y otros que piden plata en las esquinas; hay una comparsa de guerrilleros desmovilizados y otra de policías que reclaman por la liberación de compañeros secuestrados por la guerrilla; todos en el mismo lugar e igual de alegres. Sus defensores argumentarán que el Carnaval no hace diferencias sociales. Los detractores, que las exhibe y les pone música. Para decidir quién tienen razón, no queda otra que colarse un rato en esta increíble fiesta de una ciudad entera.
Por Daniel Flores
Enviado especial
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