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Manuel Antonio, un parque de novela
MANUEL ANTONIO.- Uno pasa el día entre la selva y el mar, junto a mapaches carteristas, muy divertidos hasta que se llevan la comida de los viajeros. Eso no tiene gracia: para comprar otro almuerzo hay que caminar kilómetros, porque en el Parque Nacional Manuel Antonio no hay bares ni chiringuitos, mucho menos restaurantes. Así que es imprescindible llevar provisiones, incluidas las bebidas, a menos que uno se anime al agua del grifo, potable, pero traicionera.
El acceso está al final del pequeño balneario de Espadilla Norte. La gente camina por la arena, pasa por detrás de una roca y, magia, desaparece; no se la vuelve a ver hasta las 16. Así de extraña es la puerta del parque, mucho más después de atravesarla y quedar del otro lado.
Espadilla Norte es la antesala. Muchos la llaman directamente la playa pública de Manuel Antonio . Es linda, pero tiene cemento en su costanera, puestos de artesanía demasiado parecida y vendedores muy entusiastas.
Si uno llegó hasta aquí, punto saliente de la región Pacífico Central, no es para quedarse afuera del parque. Luego, claro, puede ver el atardecer en Espadilla, porque Manuel Antonio cierra ¡a las 16! De manera que las últimas horas de playa, para muchos las mejores, no pueden disfrutarse adentro.
Lo bueno es que abre a las 7, horario anglosajón, como casi todo el turismo de la zona. Y no hay problema en adaptarse al madrugón, ya que las propuestas nocturnas son algo pobres, de manera que es más fácil levantarse temprano.
El área protegida consta de cuatro playas, manglares y varias islas, a las que se accede con tours. También se puede montar a caballo, recorrer la zona en lancha y bucear en busca de peces residentes como el ángel y el ídolo moro, además de pulpos y langostas.
Pero el paseo dentro del parque es en sí hiperatractivo, con senderos bien marcados -aunque pocas indicaciones-, que unen los espacios de arena. La playa principal es una hermosa bahía, con sombra de los árboles que llega casi hasta la orilla, cubriendo también las mesas de madera, ideales para almorzar.
Las características básicas de Playa Grande, Playita y Puerto Escondido coinciden bastante con sus respectivos nombres. En todos los casos, el agua es verde. Uno puede conocer las cuatro en un día y elegir dónde quedarse, o pasar un rato en cada una.
Afuera del parque hay guías que se ofrecen para acompañar a los turistas y ayudarlos, con el uso de monoculares, a descubrir la curiosa fauna de este bosque tropical superhúmedo. Hay varias especies en peligro de extinción, desde osos perezosos, considerados los mamíferos más lentos del mundo, hasta veloces monos tití y carablanca, que no necesitan presentación, porque aparecen solos, y también roban. Hay, además, casi doscientas especies de aves.
Alimentar a los animales está prohibido y el que no cumple sale expulsado, según los carteles.
El parque se convirtió en área protegida por el interés de los habitantes de Quepos, ciudad que es la base del turismo en la región. Aunque hay también hoteles en Espadilla y sobre todo en los 3 kilómetros de ruta que llegan hasta el parque.
De Quepos a Manuel Antonio hay hoteles sobre la ruta y otros más resguardados, frente al mar y más exclusivos. También bares y restaurantes, con menús en inglés y muy buena vista panorámica, para comer bien temprano o disfrutar de unas cervezas. Hay sitios menos turísticos, como un sencillo restaurante al frente del hotel Divisamar, una perlita de la cocina italiana.
Por Martín Wain
Enviado especial
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