El cineasta habla de sus películas y de Nueva York, la ciudad en la que el bullicio le suena como una canción de cuna.
Pocos discutirían que Woody Allen es el realizador cinematográfico más identificado con Nueva York, una distinción que tiene que ver menos con el lugar donde están ambientados sus films (aunque la mayoría fueron rodados aquí) que con una sensibilidad urbana ansiosa y obsesiva, y con frecuencia (todavía) muy graciosa.
Nacido en el Bronx en 1935, creció en Flatbush y publicó su primer chiste en el New York Daily Mirror a los 16 años. Su carrera cinematográfica abarca casi exactamente los 40 años de historia de esta revista -desde Take the Money and Run , estrenada en 1969, hasta Vicky Cristina Barcelona , su film número 39, estrenado este verano.
Cuando nos reunimos a principios de septiembre, estaba editando Whatever Works , una comedia protagonizada por Larry David que se estrenará el año próximo -y que señala el regreso de Allen a Nueva York, tras filmar sus cuatro últimas películas en el exterior. ("Sólo puedo decirle que es sobre un personaje gruñón que vive en Nueva York y tiene una experiencia con Evan Rachel Wood y Patricia Clarkson", dice, "una experiencia cómica que espero sea divertida. Pero que yo diga divertida no significa nada".) Conversamos en su sala de proyecciones de Park Avenue, muy próximos en dos sillas con rueditas porque, me dijo, es duro de oído. Habló con tono suave y voluble, y su voz sólo se alzaba un poco cuando la conversación giraba, en algunos apartes, sobre el clima político actual, un estado de cosas que claramente lo exaspera. Pero mayormente hablamos de la ciudad tanto la ciudad donde vive como la que existe en su imaginación.
"Por algún motivo siempre he sentido un amor irracional por Nueva York. No hay motivos prácticos para que a uno le guste. Es muy cara. Pocas cosas funcionan. He hecho películas en muchas ciudades donde la gente es muy amable y cortés. Uno piensa, Oh Dios, esto es un placer. Y Nueva York no es para nada así. La ciudad está tan llena de caos, y el caos es, para mucha gente, agradable. Hace poco estuve viviendo en un departamento en Madison Avenue, y todas las noches me la pasaba escuchando ambulancias y sirenas. Era verdaderamente una canción de cuna.
-En la época en que usted filmó Manhattan , la imagen de Nueva York que mostraban las películas era bastante negra. Films como Death Wish la hacían parecer un sombrío pozo de violencia. ¿Intentó deliberadamente reemplazar esa impresión por una más romántica?
-Bueno, yo crecí con los films que te daban una imagen de Manhattan, y ésa fue la imagen de la que me enamoré. Crecí en Brooklyn, y no conocí esas fiestas ni la gente que iba al Stork Club con armiños sobre los hombros y que salían de allí a las cuatro de la mañana y que llamaban a la gente por el teléfono blanco que tenían junto a la cama. Donde yo vivía, comíamos sobre el linóleo. Así que cuando me mudé a Manhattan, quería que el Manhattan verdadero fuera como en las películas. Quería que la gente pudiera ir al teatro a las 20.40 y que después fuera a cenar a un club, y que pudiera volver a su casa caminando a través del Central Park. No quería que temieran por sus vidas. Así que usé mi idea, y la gente siempre me decía: "Estás mirando Nueva York a través de cristales de color rosado". Y está bien que me lo dijeran, pero yo saqué mi idea de Hollywood.
- Si estuviera haciendo un film sobre la Nueva York real, ¿sería muy diferente?
-Bueno, como he tenido éxito, he ganado suficiente dinero y ahora puedo vivir muy decentemente en Nueva York. Tengo chofer. Como en buenos restaurantes. En cierto sentido, vivo un poco en una burbuja en Nueva York. No vivo de una manera muy realista.
- Ahora, cuando va a Brooklyn, seguramente lo encuentra diferente de aquel en el que creció.
-Sí, hay ciertas partes de Brooklyn que se han vuelto muy atractivas. Mi antiguo barrio, en realidad, se hizo jasídico. Algo que para mí es el beso de la muerte.
- Muchos de los rasgos típicos de Nueva York que aparecen en sus primeros films -las librerías independientes, el descarnado Soho de los artistas, los taxis Cheker, las casas neocoloniales- han desaparecido. ¿Lo lamenta? ¿Usted es fundamentalmente nostálgico por naturaleza?
-Sí, extraño todo eso, por cierto. Hay veces en los que estaba terminando un film, como Todos dicen te quiero , y había cinco lugares de la película que desaparecían antes de terminarla. No podía mantenerme a la par del cambio, y el cambio siempre implicaba el progreso, de veras, de la opulencia. Extraño especialmente los cines, porque en la época en que crecí, en Brooklyn, sólo tenía que caminar tres cuadras para ir a un cine. Eran ubicuos.
-¿Todavía ve películas en los cines?
-No, porque tengo esto [señala la sala de proyección], y entonces me resulta mucho más sencillo llamar y decir "¿Pueden traerme una copia de La Mujer? ", y puedo venir aquí a verla con un par de amigos un sábado a la noche. Pero cuando ando por la calle y veo una marquesina que ahora dice Duane Reade (una cadena de farmacias), me parece espantoso.
-¿Hay algo que sea mejor en la nueva Nueva York?
-Mmmm bueno, es más segura. Pero, sabe, creo que los cambios de esa clase siempre son negativos. Las cosas se degeneran.
-¿Siempre?
-Mire, yo creí que las películas habían mejorado. Pero ahora no
-Leí una entrevista reciente en la que usted nombraba sus películas preferidas en distintas categorías. Creo que el film más reciente que incluía su lista era Airplane.
-Sí, tengo debilidad por ese film. Hubo otros films graciosos desde entonces, pero ése es muy divertido. Pero crecí en lo que han llamado la edad del oro del cine. De veras, era la época de oro de las estrellas de cine. William Powell y Fred MacMurray y Edward G. Robinson. Las estrellas tenían entonces una fuerza carismática que las estrellas posteriores ya no tenían.
-¿Y a qué se debe eso?
-Es porque las pantallas eran grandes y el mundo no era tan pequeño, y Hollywood era un lugar distante. Encarnaban mitos. Ahora sería difícil encontrar mejores actores que, ya sabe, Robert De Niro y Al Pacino, pero el público los ve como tipos del barrio. El mundo se ha hecho mucho más informal, no es tan elegante como entonces.
-¿Cree que el público es menos sofisticado?
-La gente se la pasa hablando de la caída del nivel intelectual en el país. Pero resulta difícil creer que puedan ser más brutos ahora de lo que eran en mi época. Teóricamente es imposible. Pero cuando uno observa el teatro de Broadway o las películas, es difícil discutir el hecho de que estamos pasando por un período de embrutecimiento del gusto público. Y sin embargo, uno no quiere que lo pesquen diciendo eso, porque parece que uno fuera una de esas personas que se la pasan diciendo "en mi época, todo era fantástico". Sabe, en mi época nada era tan fantástico tampoco. Estoy seguro de que si uno retrocediera al siglo XIX y al XV y hasta la época de los griegos, ellos también dirían que la basura vende.
- ¿Por qué la cultura se hace cada vez menos refinada?
-Con el correr de los años, el país se ha desplazado hacia la derecha. Y es posible que la disminución del gusto se haya dado como acompañamiento de ese corrimiento hacia la derecha. Pero no se si lo que estoy diciendo es cierto porque yo mismo les he mostrado algunos buenos films -Bergman, Fellini- a chicos de buenos colegios como Yale. Chicos brillantes. Y no se impresionaron. Sabe, no fue como si hubiera elegido a un chico del Medio Oeste que es un bárbaro que va a la iglesia. Esos mismos chicos que uno ve en el cine partidos de risa, festejando bromas de vestuario, son con frecuencia chicos de Columbia y de Yale. También es posible que estemos sintiendo la secuela de la revolución sexual, cuando todo el mundo andaba por ahí diciendo cochinadas y haciendo cosas prohibidas y cuando el hecho de ser escandaloso se convirtió en la marca registrada de la tragedia y de la comedia. Algo que no resultaba necesariamente trágico ni cómico, sino simplemente escandaloso."Antes, las pantallas de cine eran grandes, el mundo no era tan pequeño y Hollywood era un lugar distante. Entonces, las películas encarnaban mitos"