Rajoy y una "derrota dulce" que le permite seguir al frente del PP
Obtuvo más diputados que en 2004.
Tras la jornada electoral de ayer, el debate sobre la sucesión de Mariano Rajoy al frente del Partido Popular (PP) deberá aplazarse. Aunque su liderazgo, decretado a dedo por el ex presidente José María Aznar, siempre ha estado en entredicho, el dirigente gallego ha logrado, a pesar de su derrota, consolidarse como líder de la derecha española.
Hace unas semanas, aseguró que seguiría al frente del PP independientemente del resultado de las urnas. Y Rajoy no ha ganado las elecciones, pero ha obtenido más diputados en el Congreso que en 2004 y ha recortado distancias porcentuales con el PSOE.
La "derrota dulce" del PP (se evitó finalmente la debacle que pronosticaban los primeros sondeos en boca de urna) logró frenar el pesimismo entre los simpatizantes del partido. Rajoy ha salvado la cara y, a pesar de su segundo revés electoral (hay que recordar que Aznar también perdió dos elecciones antes de ser presidente), ha conseguido salir airoso dentro de su propio partido y acallar las voces que sugerían su relevo.
Los aspirantes a la sucesión tendrán que esperar su turno. En el balcón de la sede del PP en Madrid fueron significativas las ausencias de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y del alcalde de la capital de España, Alberto Ruiz-Gallardón. Aguirre es la dirigente que más apoyos tiene para llevar las riendas del PP en el futuro. Pero el presente, de momento, lo sigue manejando Rajoy.
Queda por saber el papel que el líder derechista otorgará en esta legislatura a sus dos principales arietes de los últimos cuatro años: Eduardo Zaplana (también ausente en el balcón del PP) y Angel Acebes (el primero, como vocero parlamentario, y el segundo como secretario general del PP), principales defensores de la estrategia de la crispación que presidió la pasada legislatura.
Rajoy los ha mantenido al margen de su campaña electoral por representar al sector más duro del partido. Y ahora todo parece indicar que habrá una renovación en su equipo de colaboradores más cercanos.
La "tropa" de Rajoy
De linaje aristocrático e inagotable peculio, al conde de Romanones, grande de España, no se le resistió cargo político alguno en el primer tercio del siglo XX. Alvaro de Figueroa acumuló ministerios como si fueran blasones de su escudo de armas. Hasta en tres ocasiones fue requerido por Alfonso XIII para formar gobierno. Pero su habilidad como tramoyista político de poco le sirvió cuando quiso añadir a sus honores la más preciada distinción intelectual: un asiento en la Real Academia de la Lengua. El artero Romanones creyó tener la batalla ganada después de que, en encuentros individuales, todos y cada uno de los académicos le prometieran su adhesión.
Las crónicas de la época cuentan que fue en el Congreso de los Diputados donde don Alvaro se enteró del veredicto: su candidatura había sido rechazada. Boquiabierto, el conde quiso saber cuántos votos había logrado. "Ni uno solo", obtuvo por respuesta. Y fue entonces cuando soltó aquel lamento de rabia: "¡Joder, qué tropa!".
A Rajoy le vino a la mente el quejido del conde a fines de noviembre de 2006, al toparse con su retrato en el Parlamento. Días antes, Esperanza Aguirre había presentado una biografía suya en la que dedicaba algunas lindezas a Gallardón, cuyos encontronazos con Aguirre forman parte del fuego amigo dentro del mismo partido. "¡Joder, qué tropa!", comentó con ironía gallega Rajoy al enterarse del nuevo altercado entre Aguirre y Gallardón.
Pero la soldadesca siguió en lo suyo, es decir, a la gresca. Hace unos meses, el carismático Gallardón, un outsider dentro de su propio partido que arrastra caudales de votos pero al que lo pierde su inveterada ambición política, contraatacó ofreciendo su inestimable caché para acompañar a Rajoy en las listas del PP en Madrid para las elecciones generales. La tardía respuesta del líder de los populares y su decisión final de rechazar la propuesta de Gallardón provocaron una crisis en el partido sólo un mes antes de los comicios.
Pero lo más dramático fue, sin duda, la celada que Aguirre urdió para dejar en la cuneta a su contrincante. La presidenta madrileña amenazó con presentar también su candidatura a las listas del PP, para lo cual debería abandonar primero su cargo institucional (algo que Gallardón no necesitaba hacer, ya que como alcalde podría compaginar ese cargo con el de diputado nacional). El órdago lanzado por Aguirre dejó al alcalde sin aspiraciones y desahuciado en el partido.
En contra de las aspiraciones políticas de Aguirre juega el hecho de que en esta legislatura no estará presente en el Congreso de los Diputados, el lugar donde se celebran los grandes duelos de las espadas de cada partido.
Como en toda disputa interna, también dentro del PP hay tapados. Ese dudoso título le podría corresponder al presidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps, quien no esconde sus ambiciones. Aguirre y Camps se han beneficiado de la retirada de la política de uno de los principales activos del PP, Rodrigo de Rato, ex director del Fondo Monetario Internacional (FMI) y vicepresidente económico en los dos gobiernos de Aznar. Para muchos, fue una sorpresa que Aznar se decantara por Rajoy en detrimento de su amigo Rato. Su esperada vuelta a la política nacional tras abandonar la dirección del FMI no se ha producido.
Al final de la campaña, a Rajoy le preguntaron qué nombre pondría a su famosa niña (esa a la que se refirió en los actos de campaña y los debates). "Victoria Esperanza", respondió. De momento, en el PP no hay ninguna Victoria. Y el futuro dirá si habrá alguna Esperanza.