Quién debería cobrar los derechos de autor en esta sociedad donde es posible que una persona se dedique a dar Talleres de teatro para no actores, la actividad que viene desarrollando desde hace años Lili Bucay.
Cursos breves o eternos, como les pasó a los empleados bancarios en el post 2001, cuando empezaron a tener conciencia del ser o no ser (quizás bancarios, quizás empleados, quizás algo un poquitín más abstracto).
Estaba todo mal en ese banco hasta que llegó la actriz, docente y directora de teatro y, según ella, había que verlo al gerente de la sucursal equis aflojándose los nudos de la corbata y las cervicales mientras cambiaba de disfraz. ¿Esto será influencia del mismísimo Alfredo Alcón, buen día, maese, o del menos mismísimo Ricardo Fort? ¿Quién debería cobrar semejantes derechos de autor? Ya que estamos, Alfredo, ¿está bueno ser Alcón? “Depende. Si ser Alcón es que vos te creas un pilar de la humanidad, sos un pelotudo”. Chapeau.
“Vos ponés el ejemplo de Fort por la búsqueda constante y embriagadora de fama y resultados. Es muy típico, pero lo importante –dice Lili, alejándose de los extremos– es centrase en el proceso, no en los resultados. No hay bien ni mal, esas categorías en mis cursos no existen”. Palabras de esta ex alumna de Juan Carlos Gene que pudo estar en la calle Corrientes y un buen día, medio porque sí, rumbeó para otro lado.
Lili cuenta con pelos y señales la experiencia del banco. ¡Ocho años! Debió haber sido muy importante que estos empleados tuvieran nociones básicas de Stanislavski... Clá, entre 2001 y 2003 los cajeros estuvieron más expuestos que Francella haciendo drama. Clá, había que hacerle creer a los ahorristas que iban a recibir sus dólares.
“Empecé a trabajar con el teatro como lineamiento de investigación personal. Me importa que se inicien juegos teatrales como una forma para re-presentarnos y descubrir aspectos no conocidos de uno mismo... Imagínate lo que era el estado de un bancario en esos años. Y lo más llamativo era que un empleado de seguridad informática pudiera transformase en otra cosa. O darse cuenta que la gente de atención al público posiblemente esté menos inhibida a la hora de actuar, lo que parece bastante lógico”.
Y después se mezcla la actuación con nociones sobre “liderazgo” y vuelve para contar cómo se trabaja con los empleados de una empresa de transporte público. “El teatro para no actores cumple la función de nivelar. En este caso, el maquinista junto al gerente. Sin jerarquías, sin cargos. Me acuerdo que hicimos Obeliscópolis, una obra infantil. De obelisco hacía un empleado de sistemas; de semáforo, un boletero de la línea”. ¿Se entiende? La impertinencia de la actuación que lleva a Lili a bajar el martillo cuando dice: “Cualquiera puede ser actor. Sólo hacen falta ganas”.
Lili es Bucay y ante la interferencia que provoca el apellido conocido, admite que es prima de Jorge, el escritor de Recuentos para Demián, el que ganó un premio literario y estuvo involucrado en un caso de plagio. “Primos de sangre”, dice con un lamento corporal que no haría falta traducción aunque ella insista: “Primos de sangre, pero él con sus cosas y yo con las mías”.
Punto y aparte. “No soy terapeuta, esto no es una alternativa a la psicología. Lo mío es apuntar al equilibrio por medio de la ocupación del espacio. Estas experiencias considero que son altamente enriquecedoras porque se trabaja en equipo. Necesitamos unos de otros. Tengo alumnos de 22 a 76 años y es cierto que si bien la mayoría sigue con su vida, algunos terminaron el curso y se inscribieron en la Escuela de Arte dramático”.
Y se nos acaba de venir a la cabeza lo que dice Pepe Soriano cuando se pone rojo como una manzana roja. “Es una vergüenza que el más del 80 por ciento de los actores no tengan trabajo y que la tele esté llena de mediocres”. Pensemos en Pepe, Lili. ¿Y si este taller, tu taller, fuera el mejor semillero de nuestra actual televisión? “Trabajo con alumnos que son muy ubicados. No creo que ninguno quiera parecerse a Ricardo Fort. Yo hablaría de gente que está interesada en conocerse un poco más. Actuar propone una burbuja y el lenguaje corporal necesita expresarse o darse a conocer. Lo mío apunta a que nos flexibilicemos. Gene decía que la palabra es encubridora, y el dilema que yo planteo es el siguiente: ¿si no pudiéramos hablar, cómo diríamos?”
Seguimos preguntándonos. ¿Y si nos dividimos entre gente capaz de estudiar con Pompeyo Audivert y la que no le alcanzarían dos reencarnaciones para decir la mesa esta servida?