Los domingos se sale temprano a trabajar, entre la seis y las ocho. Es, sobre todo, para tomar los viajes de quienes regresan de la noche de sábado. Luego la mañana se torna bucólica.
Comienzo a circular por los distintos barrios. Hay poco tránsito vehicular. Se debe estar particularmente atento a las personas que regresan de los boliches con algunas "copas" de más que pueden calcular mal y cruzan los semáforos en rojo por efecto del alcohol consumido y tal vez por algunas sustancias.
Uno maneja mas atento aunque más relajado, entonces se puede admirar visualizar mejor el paisaje urbano y con mayor detenimiento.
Se perciben cosas que los días hábiles no se observan por estar escuchando el servicio de radiotaxi y prestando mucha atención a los posibles pasajeros que pueden hacer señas para tomar un viaje.
Los domingos se analizan más las cosas. Observo a los encargados de los edificios lavando las veredas, a las señoras y señores que sacan a pasear sus mascotas y llevan una bolsita plástica anudada a la correa que luego arrojan en los tachos de residuos y posteriormente continúan su caminata hasta quedarse en algún café, sentándose a las mesas que están en la vereda para tomar el desayuno.
Continúo mi recorrida y observo a un señor lavando su auto. Veo el ir y venir de los taxis vacíos buscando pasajeros. En una esquina junto a la parada de los colectivos un diariero ofreciendo a viva voz los titulares y los nombres de los periódicos.
Al notar que no hay viajes y que la radio del sistema emite muy pocos, procedí a detener el auto junto a la vereda de la calle 11 de septiembre y La Pampa, en las Barrancas de Belgrano, mientras veo a la gente que pasa. En un banco debajo de una importante magnolia, se despereza un linyera que ha pasado la noche en el lugar.
Por los serpenteantes senderos de ladrillos que adornan la plaza pasan tomados de la mano una pareja de ancianos n dirección al templo cercano a escuchar el sermón dominical.
Pasan también un grupo de amigos vestidos con ropas deportivas hacia el Club Belgrano en la esquina de Arribeños y José Hernández, con bolsos y raquetas para jugar al tenis en la soleada mañana dominguera.
Un abuelo pasea con su nieto.
Una cantidad de ciclistas que recorren el perímetro de las tres manzanas de la plaza, mientras cerca de la pérgola, donde los domingos por la tarde se baila tangos, un grupo de personas realizan gimnasia oriental.
Fue en ese momento cuando vi venir a una señora que vestía con indumentaria deportiva, caminaba con paso enérgico, recorriendo las veredas de la plaza de Barrancas. Pero lo que me llamó la atención fue su falta de cabello, supuse que seguramente era producto de un tratamiento con quimioterapia y que ella quería superar haciendo aquellos ejercicios.
Tres veces pasó junto al auto en su caminata, mientras yo continuaba observando lo que se me presentaba ante mis ojos y escuchaba bajito en la radio un tema de Sinatra.
Al cabo de un rato la señora se acercó y me preguntó si podía hacer un viaje. Le contesté afirmativamente y me pidió que la llevara hasta la localidad de San Andrés, concretamente al club de golf.
Durante el trayecto fuimos conversando y entonces me contó que su falta de cabello, se debía a una elección de su parte y no como yo había pensado, producto de un tratamiento oncológico.
Ella admiraba a la cantante O´Connor, por eso su look.
La señora se llama Alicia y los domingos procede a su habitual caminata por la plaza y luego se dirige al club de golf donde junto a sus amigas, juegan y luego de un frugal almuerzo, una charla distendida y el tradicional té de la tarde, regresa a su domicilio.
En ese momento pensé que buena vida llevaba Alicia y se lo manifesté. Ella, entonces, me contestó que por un hecho sucedido hacia unos años, había aprendido a disfrutar de cada momento de la vida. Este fue su relato: Alicia junto con su esposo tenían una importante empresa textil y llevaban una vida feliz, pero en un momento y por deudas adquiridas por su marido, por pretender mantener un status que le era imposible soportar, este se suicidó en las oficinas de la empresa.
A partir de ese momento ella afrontó junto a sus hijos, todos los problemas con los sindicatos, proveedores y clientes, procediendo a reducir costos, vender bienes y finalmente en cinco años solucionar los problemas económicos que el cónyuge no había sabido superar.
Desde ese momento y manteniendo un espíritu positivo aprendió a disfrutar de cada instante y proyectar solo lo posible de realizar.
Realmente una actitud para tomar de ejemplo. Llegamos al club y nos despedimos.