Señora Presidenta, permítame un doble atrevimiento. El primero es enviarle esta carta, escrita con la pasión de un humilde militante de nuestra causa. El segundo, pedirle que se desprenda ya mismo de Héctor Timerman. Señora, tengo una infinidad de argumentos para justificar esta solicitud, pero por sobre todos ellos tengo uno: usted se merece un canciller de otra estatura. Usted es una elegida (por Néstor, en primer lugar), es única, y no se merece a alguien tan nuevo en la profesión, tan pendenciero, tan. tan poco canciller.
Ya sé lo que me va a contestar: que le tiene cariño y gratitud. Que él hace lo que usted le pide y hasta lo que no le pide. Que le da una orden y él se desvive por cumplirla, aunque en eso le vayan el orgullo y sus ideas, que, contra lo que pueda pensarse, las tiene.
Créame que yo también le guardo afecto y hasta lo considero un amigo. Es un muchacho conversador, lleno de anécdotas, con el que podemos hablar horas de periodismo, que es el tema que conoce bastante bien. Justamente por eso quiero salvarlo: por el aprecio que le tengo. La verdad es que lo vi esta semana en el aeropuerto de Ezeiza tratando de abrir una valija con un alicate y se me fue el alma a los pies. Me dicen que se lo pidió usted. Claro, es lo que hacen los presidentes: les encargan ciertas misiones a sus ministros, dejando en manos de éstos la organización y el detalle. ¡Cómo podía imaginarse que el bueno de Héctor iba a salir corriendo como los bomberos! El pobre habrá pensado que pasaría a la historia como el primer canciller aduanero.
¿Y lo vio después en la entrevista con la CNN? ¿No le resultó excesivo, señora, que equiparase a una misión del gobierno de los Estados Unidos con una banda terrorista? Me la imagino a usted en la residencia de Olivos, despotricando frente a la televisión y diciendo: "Ay Hectítor, Hectítor, no te puedo dejar solo".
Es que él es así, señora: comedido, un poquitín atolondrado, medio cabeza dura. Fíjese que en esta guerra contra el imperio ni siquiera ha tenido el cuidado de pensar en la incomodidad de su vicecanciller, Alberto D'Alotto, que, según nos enteramos por WikiLeaks, es un informante protegido de la embajada norteamericana.
Eso sí, determinación le sobra: no le tembló el pulso para humillar a los Estados Unidos, el país que les abrió las puertas del exilio a él y a su padre, el que les dio carta de ciudadanía a sus dos hijas. Algunos lo consideran un desagradecido y un oportunista. Yo en esto, créame, le doy la derecha: estoy seguro de que actuó llevado por sus profundas convicciones.
Señora, otro punto: lo de tener un canciller que se pasa el día entero peleándose con todo el mundo en Twitter ya dejó de ser gracioso. ¿No le dio a usted un poco de cosita cuando esta semana se metió a hablar del "conchero" de Luli Salazar, a la que después tuvo que pedirle perdón? ¿No le hizo ruido por todos lados que en otra pelea en Twitter, con un publicista, le recordara a éste el hijo que había perdido en una tragedia de avión? ¿Hay frontera con el papelón y el ridículo que Timerman no esté dispuesto a atravesar?
Ya sé: a usted le encanta la historia -antes totalmente desconocida- que habla de un Héctor Timerman casi montonero en la década del 70. Se la habrá escuchado varias veces. Pero permítame: por más versátil que pueda ser nuestro canciller, ¿cómo hacía para alternar en su cabeza entre el combatiente de "la Orga" y el director del diario La Tarde, vocero del Proceso?
Con todo respeto, me animo también a preguntarle: a estas alturas, ¿no extraña un poquito a Jorge Taiana? No es que fuera Saavedra Lamas, pero tenía oficio y conocía el Palacio. ¿No echa de menos tener un canciller que la gente se tome en serio? Usted, que información no le falta, ¿sabe las cosas que se dicen de don Héctor en la Cancillería?
Voy terminando esta carta, escrita, como le anticipé, con la mejor intención de preservarla a usted y de preservarlo a él. Me comentaron que tuvo ganas de ponerlo en órbita -igual que la Garré- cuando se inventó esa increíble historia de una academia norteamericana dedicada a promover la tortura y los golpes de Estado. Por supuesto, ahora, en plena cruzada anti Estados Unidos, no va a dejarlo pedaleando en el aire. Ya sé que no es su estilo. Mi propuesta es que se desprenda de él, pero por vía pasiva. Simplemente, cámbiele la agenda. Dígale: Héctor, te necesito para un conflicto con los empleados municipales de Río Gallegos. Irá feliz. Héctor, quiero que me hagas un informe de 650.000 caracteres (con espacios) sobre las redes sociales y su influencia en el relato cultural de las sociedades posmodernas. Héctor, empezá a preparar los actos del tricentenario.
Y más adelante, cuando se hayan calmado las aguas, lo despide por la puerta grande. Así le dará usted, mi estimada señora, una buena lección de diplomacia.