De repente, la pantalla chica se alineó con la temperatura del verano y, de la mano de las ficciones, el prime time de la TV abierta cambió de manos.
El retroceso de los reality shows parece haber provocado una suerte de efecto cascada en la TV autorreferencial que se ocupa de alimentar las insufribles naderías de la falsa "televisión verdad", cuyas intrigas, recelos, broncas, angustias y ocurrencias resultan a primera vista mucho más artificiales y forzadas de lo que puede verse cada vez que un personaje ficticio exhibe esos mismos sentimientos en El elegido, Un año para recordar, Los únicos, Contra las cuerdas o Herederos de una venganza.
Con todo, alrededor de este inesperado éxito de la ficción en el febrero televisivo más competitivo que se recuerde en mucho tiempo no hay sólo rosas para los canales y beneficios para el televidente. En algún punto no demasiado lejano, la abundancia de hoy alcanzará el límite de saturación. ¿Hasta cuándo podrá tensarse la cuerda de la exigencia para guionistas, productores y actores? ¿Puede soportar cada una de ellas cuatro horas semanales de emisión sin caer en lugares comunes o giros inverosímiles en las respectivas tramas?
Podemos encontrar una posible respuesta en otra gran fiebre por las ficciones televisivas, la que comparten los seguidores de las series más populares. Si entre ellos la devoción por ciertos personajes, escenarios y situaciones resulta tan apasionada, la explicación hay que buscarla en el hecho de que entre capítulo y capítulo hay toda una semana para discutir y enriquecer lo ya visto. ¿Qué valor tendrían como hitos de alto vuelo de la TV actual los avatares de CSI, House, Fringe y Southland, por dar cuatro ejemplos aleatorios, si cualquiera de ellos se emitiera con frecuencia diaria?
Trasladada a nuestro medio, la pregunta resulta invariable. La hemos planteado hasta el cansancio desde esta columna: ¿por qué hay una opción tan rotunda y falta de variantes en favor de las tiras en las ficciones de la TV abierta? ¿Por qué no se equilibra ese espíritu (propio de los teleteatros y desaconsejable para cualquier fórmula que se aleje de esos límites clásicos) con ideas y producciones de ficción de formato semanal?
Buena parte de la gran historia de las ficciones televisivas en nuestro país (De Rolando Rivas, taxista a Hermanos & detectives) se apoya en ciclos de ese tipo, hoy agrupados bajo la equívoca denominación de "unitarios". Hay más tiempo para elaborar los guiones, para ensayar, para construir los personajes y, sobre todo, para despertar en el público las ganas de hacerse hincha de un programa.